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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«¡Abajo el colejio!», en Libros de vino y rosas

Pero tengan cuidado, si les da por leer este libro en el Metro o en el autobús sus compañeros de viaje les tomarán por locos cuando les vean reírse a mandíbula batiente, partiéndose las tripas como se suele decir.

A primeros de los años cincuenta, las heridas de la II Guerra Mundial aún no se habían cerrado en media Europa. Aquellos tiempos fueron terribles, y en Inglaterra aún se recordaban los horribles bombardeos, aquellas toneladas de sangre, sudor y lágrimas derrochados en la feroz y heroica resistencia contra los nazis.

En 1953, todavía era muy necesario sonreír, echarse unas buenas risas, deshacerse en carcajadas. Y a los ingleses el humor se les da bien, sobre todo si es cuestión de reírse de uno mismo, aunque sea de la forma más políticamente incorrecta.

En aquel 1953, Ronald William Fordham Searle artísticamente Ronald Searle, ya era un caricaturista conocido por sus dibujos en diversos medios ingleses. Con lo que había pasado en la guerra (prisionero de los japoneses, luego dibujante en los juicios de Núrenberg) era raro que aún conservase tanto buen humor, pero lo conservaba en sus dibujos. Como también eran para partirse de risa las ideas y los textos de Herbert Geoffrey Willans.

Entre Ronald y Geoffrey surgió un matrimonio profesional que funcionaba a la perfección y que daría lugar al nacimiento de uno de los grandes fenómenos del humor inglés de la segunda mitad del siglo XX: la aparición de un niño verdaderamente terrible llamado Nigel Molesworth, un feroz habitante del Colegio de San Custodio, terrible estancia donde la disciplina inglesa se practica a todas las horas del día. Un tal Peason es su mejor amigo («eso significa que siempre nos estamos peleando») y Molesworth-2, su hermano («un blandengue llorica») suelen ser su habitual compañía en su campaña anticolegial continua que bien se relata en este «¡Abajo el colejio!», que rescata en primorosa edición Impedimenta.

Un texto repleto de mala baba, de faltas de ortografía (el trabajo de Jon Bilbao, traductor, ha debido de ser arduo), de insultos, de invectivas contra la institución educativa que solo unos tipos de humor británico, evidentemente, podían llevar adelante.

Pero tengan cuidado, si les da por leer este libro en el Metro o en el autobús sus compañeros de viaje les tomarán por locos cuando les vean reírse a mandíbula batiente, partiéndose las tripas como se suele decir. Porque eso es lo que les pasará cuando lean toda esta «información pribilegiada sobre colejios, empollones, chibatos, canallas, directores, criquet, guarros, habusones, padres, profesores, artistas del hengaño, malas llerbas en general, bromitas de dormitorio y desastres diversos… en realidad… el tinglado al completo». Desternillante. Para troncharse. Ya saben que los niños nunca mienten.

Manuel de La Fuente Vidal

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