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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«La palabra más fea del mundo es ideología»

El destino humano es como los anillos de un árbol y cualquier cuento sobre la casualidad debería empezar así. La vida de Cartarescu es la vida de un rumano cualquiera, la de cualquier europeo que haya caído en uno de esos anillos oscuros.

A él le tocó el de una Rumanía con la que comulgó de manera intermitente, tanto más abriera la mano de la opresión. Si naces en uno de los oscuros todas tus esperanzas se irán al garete, dice el autor que se entrega a lo onírico para escapar del que le tocó nacer. Una manera más de protegerse contra el odio y la barbarie y mantener a salvo su independencia.

“¿Cómo voy a sacar de mi cerebro aquellas tetas de guata,aquella falda de puta vulgar, aquella peluca, aquel artificio, aquel manierismo?”,arranca la novela Lulu, cuyo título original es Travesti, y en la que hace un retrato de la soledad del adolescente que completa su vida con la lectura y la ficción. La necesidad de encontrar un complemento a la vida es la vida misma de Mircea Cartarescu, un rumano cercano a los sesenta años que ha vivido más tiempo bajo un régimen comunista que bajo el otro, el capitalista.

A los 25 se lo había leído todo. Todo lo que necesitaba leerse, desde Kafka a Camus, pasando por Calvino, Borges, Derrida, Foucault, Levi Strauss o García Márquez. Vivía en sus lecturas, leía al día seis, ocho horas. No paraba. Afuera no le esperaba nada mejor y, sin embargo, se considera afortunado por haber pasado un periodo de libertad en los años setenta, momento en que se traducía toda la literatura extranjera que él y sus compañeros debían leer. Eran los locos años de una adolescencia encerrada en los cenáculos de poetastros que se leían versos como quien se dispara con sal gorda. Coplistas del underground.

Acaba de llegar a España, donde hace ronda de la mano de su editorial Impedimenta, y pide un zumo de naranja para pasar el encuentro. Es un hombre de terrores y tragedias que su mirada no es capaz de velar. Hablamos de su hermano gemelo desaparecido a laño de nacer, de las miles de páginas que ha escrito para encontrarlo “en los sótanos de mi mente”. Hablamos de la democracia, de los instrumentos que tiene para controlar al poder.

La palabra malgastada

¿Conoce hoy algún ejemplo de democracia? “Muchos estados se llaman y se han llamado democráticos a sí mismos. Muchos estados asimilan como ideal la democracia, pero qué queda de la democracia si la transformamos perversamente en su contrario. Hoy hay muchas democracias en el mundo, pero pocas merecen ese nombre. No digo nada nuevo”.

Nada nuevo. Lo nuevo lo escribe. La prosa de Cartarescu es detallista sin olvidarse de la alegoría. Un osado autor que se atrevió a mantener un lenguaje literario que escapaba al control ideológico y que da prueba de una independencia interior como pocas de las que han crecido con la libertad a favor. Así en El ruletista, prohibido durante años en Rumanía por lo explícito de su argumento, narra la improbable historia de un hombre al que esquiva la suerte, pero que sorprendentemente hace fortuna al participar en letales sesiones de ruleta rusa.

¿Qué es la literatura en tiempos de dictadura sino un peligroso juego? Su experiencia con el poder arbitrario y atroz es insondable. Lo arrastra. Sabe lo que busca, por qué tiene miedo a la libertad interior, porqué quiere aniquilar la intimidad y la identidad de cada uno. “El ideal del poder es que las personas puedan intercambiarse para que nadie sea irremplazable”, explica. Todos sospechosos, todos criminalizados y reprimidos, todos los que piensen de manera independiente son un enemigo peligroso.

Y la censura

También todos los que tengan una máquina de escribir en su casa. Los rumanos estaban obligados a declarar la posesión de una de ellas. Sus experiencias con la censura son un libro que algún día alguien tendrá que dejar por escrito, a ser posible utilizando una de aquellas máquinas para la sospecha. Tenía 27 años y había terminado su primer libro, Nostalgia.Entonces entró en un período de negociación con la censura. Sí, negociar y censura en la misma frase es por naturaleza un oxímoron. Sin embargo, el absurdo acaba con todas las relaciones naturales.

“La mayoría de los censores eran los mismos escritores. Ellos mismos eran parte del problema.Todo se negociaba delante de una taza de café. No era una forma de inquisición.Pero ningún libro salía sin censura a la calle, ni siquiera uno de cocina. Tenían por norma eliminar varias páginas de cada libro. Al azar. El censor se sentaba contigo y te decía: “Mete diez páginas que no te interesen nada para que yo pueda sacarlas”, recuerda con una ligera sonrisa. Eran los años dulces del régimen.

Y llegaron los ochenta y con ellos Ceausescu. “La peor censura. Entonces sí nos parecíamos a Corea del Norte. Los libros que conseguían publicarse salían completamente mutilados, como Nostalgia. Cuando apareció no era mi libro, le habían suprimido uno de los relatos (El ruletista). Era un momento que no interesaba la literatura. Importaba sobrevivir y pegarse a la radio para escuchar las emisoras extranjeras. Ese libro salió en uno de los anillos más oscuros de la historia”, recuerda.

La esperanza truncada

Rumanía es el idioma y la comunidad. Pero es también el país que le ha herido profundamente. “Rumanía me ha robado mi infancia y mi juventud. Viví una época miserable con gente que era capaz de las mayores atrocidades. Y cuando aquello acabó qué vino:una de las peores clases políticas posibles”. Para colmo trabajó durante diez años como periodista político y conoció los pozos y las cloacas de aquella esperanza. Dice que fue como bajar a los infiernos.

“El mundo político rumano es tan fiero, primitivo y corrupto como durante el régimen comunista.Sólo ha cambiado el decorado. La palabra más fea del mundo es ideología y la que más daño ha causado a las personas”. Así que no es extraño oírle decir que el capitalismo salvaje no un remanso de libertad. Es tan difícil publicar ahora en Rumanía como antes. “Antes alababan a Ceausescu y al régimen y ahora alaban a 50 sombras de Grey”.

Por Peio H. Riaño

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