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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Testimonio del exterminio

La literatura del holocausto nazi adquirió en algunos autores formas ficcionales que no la invalidan —¡al contrario!— como necesaria herramienta de la memoria europea.

Contrario a aquella máxima, aplicada al Holocausto, de que el tiempo cura cualquier herida, el pensador vienés Jean Améry (1912-1978) no estaba precisamente por el perdón, pero sí reconocía un cierto valor lenitivo a hablar del horror, a no ocultarlo ni acallarlo. «El conflicto irresuelto entre víctimas y carniceros —decía— tiene que exteriorizarse y actualizarse, si ambos, oprimidos y opresores, pretenden comprender un pasado que, aun desgarrado por antagonismos irreconciliables, remite, sin embargo, a una historia común». La literatura de la memoria, desde luego, ha ayudado a superar esta aciaga mancha del siglo XX al menos enriqueciendo la vía del conocimiento. El que el testimonio, muchas veces, haya adoptado formas de ficción no le resta en modo alguno validez, como demuestran los magníficos ejemplos aquí traídos de Ida Fink (Zbaraz, Polonia, 1921-Tel Aviv, 2011), Arnošt Lustig (Praga, 1926- 2011), Henryk Grynberg (Varsovia, 1936) o Friedrich Torberg (Viena, 1908-1979), tan distintos y tan necesarios, y que en el caso del estremecedor relato de Torberg (Mía es la venganza) data de 1943, es decir, un momento en que todavía no se conocían muchas de las cosas que estaban pasando en Europa (él se había exiliado en Estados Unidos). Disponibles por fin en español, estos cuatro libros, de autores que sufrieron las consecuencias de la barbarie nazi de un modo u otro, arrojan nuevos matices de luz, iluminan nuevas aristas de los primeros síntomas de la persecución de los judíos, de la vida en los campos de concentración, en el gueto, se paran en los detalles aparentemente nimios del exterminio, abordan las absurdas bases de la convivencia entre carniceros y víctimas a la que aludía Améry. La poética y sobria visión del Holocausto de Fink (sutilísima, no precisa del subrayado), la kafkiana peripecia que cuenta Lustig (entre la culpa y el embrutecimiento), la indagación de Torberg sobre la manera «obediente» en que el judío se enfrenta al genocidio inexorable, sea en la cámara de gas o el fusilamiento (tan talmúdica, y que fue habitualmente equiparada con el paso del rebaño de ovejas al matadero) y el recuento de traidores entre la propia comunidad judía o la vecindad que realiza Grynberg en el relato que da título al volumen Drohobycz, Drohobycz, y que narra además el arbitrario y cruel final del tiro en la cabeza del excelso escritor y pintor de la Galitzia polaca Bruno Schulz.
En fin, cuatro libros excelentes.

Por Héctor J. Porto

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