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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
La espiritualidad de los objetos

En una entrevista que la periodista y escritora napolitana Lorenza Foschini realizaba al diseñador de vestuario Piero Tosi, la reportera le preguntó al colaborador de Visconti por Proust, consciente de que entre sus proyectos había estado una adaptación, finalmente descartada, de En busca del tiempo perdido.

El invitado aportó algunos detalles de esa fallida traslación a la pantalla -contó, por ejemplo, que para el reparto se pensó en Laurence Olivier, Dustin Hoffman o Greta Garbo-, pero su atención se desvió pronto al recuerdo de un hombre, un coleccionista de manuscritos consagrado a la labor de salvar de la quema o el olvido los efectos personales de Proust, que Tosi había conocido mientras buscaba localizaciones. Las vivencias de aquel tipo, de nombre Jacques Guérin, también marcarían a Foschini hasta el punto de que ella le dedicaría un libro, El abrigo de Proust, que ahora ve la luz en España de la mano de Impedimenta. Una propuesta de sensibilidad exquisita que conmoverá a quienes han sentido que un libro, y por extensión la cultura, pueden ser experiencias más reales, emotivas y plenas que ese concepto escurridizo y no siempre grato de la vida.

Guérin, un individuo carismático e irresistible, criado en un hogar atípico debido a su bastardía y en un entorno que frecuentaban creadores como Picasso y Satie, propietario de una próspera fábrica de perfumes, accede al círculo más cercano de Marcel Proust por casualidad, después de que tras un ataque de apendicitis acuda a la consulta de Robert, hermano del escritor, que ya por entonces había fallecido.

En el mobiliario del despacho del médico encontrará “un imponente escritorio negro y una tétrica biblioteca con un filete de latón” que le despertarán la curiosidad “por su insoportable pesadez”. Guérin aún no puede sospechar que él acabará comprando, tiempo después, esas piezas que habían pertenecido a Marcel y que formarán parte de una asombrosa colección que incluirá libros, cartas, incluso la cama o el abrigo de piel de nutria del autor. Pero en esa visita al especialista germina una obsesión que no podrá detener un espíritu amante de la belleza e impresionable como el del perfumista, cuando éste acceda a unos cuadernos manuscritos del narrador y a su caligrafía “inclinada, enmarañada, descendente, rapidísima”.

Aunque el hermano Robert trabajaba activamente tras la muerte de su familiar en la publicación de los volúmenes aún inéditos de En busca del tiempo perdido, la familia nunca entendió la magnitud de la obra del pariente. Marthe, la cuñada, un personaje que tras su fachada de honorabilidad esconde sus secretos, “jamás leyó una página de la Recherche” y percibía a Marcel como alguien, sostiene Foschini, “que había traicionado la respetabilidad de su familia y había escrito algunas cosas inconvenientes”. El desprecio, fruto de la ignorancia, que halla Guérin hacia el legado del genio en sus allegados le hace concluir que “el hombre no necesita declarar ninguna guerra o revolución para destruir las cosas valiosas que le rodean. Son los herederos, las familias”, escribe la autora, “quienes se arrogan el derecho de cancelar las más preciosas huellas y testimonios de sus antepasados”.

De la mano de Guérin y su patrimonio, Foschini perfila con trazo maestro el retrato de Proust, el ser humano que había tras el prosista superdotado: el joven que intentaba lidiar con un deseo que no tenía cabida en los esquemas de la familia, el excéntrico que acude a la boda de su hermano “arropado hasta lo inverosímil” o el escritor que acaba aislado en una “soledad febril”. Foschini logra así lo más lejano a un artefacto cultista e inaccesible: en su narración, sencilla y amenísima, cualquiera puede sentirse reconocido.

Por Braulio Órtiz

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