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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Razones sin causa

De un modo ingenuo pero cargado de razones, sin una causa pero con muchos motivos, expresaban el malestar de los patios traseros en las reconstruidas sociedades de la posguerra, anticipando a un tiempo la eclosión sixtie y el nihilismo de los setenta.

De las tres indecorosas novelas con las que se presentaron los “jóvenes airados” de los cincuenta, todas ellas disponibles en traducciones recientes, puede uno elegir la que más se ajuste a su gusto o a su idea de por dónde deben ir los caminos de la narrativa disolvente, entendiendo por esta última la que ejerce una mirada corrosiva y desacralizadora, ridiculiza las convenciones burguesas o descree de las autoridades de cualquier signo, pero sin acogerse a credos redentores de ninguna clase. Porque lo bueno del movimiento, por así llamarlo, dado que la etiqueta -tomada de una obra de teatro de John Osborne- definía más una actitud que una propuesta articulada, es que no defendía alternativas autocomplacientes ni castigaba a los lectores con recetas políticas o morales, en la mejor tradición del realismo crítico.

En los últimos años hemos podido acceder a las primeras novelas de Kingsley Amis (La suerte de Jim, Destino), John Braine (Un lugar en la cumbre, Impedimenta) y Alan Sillitoe (Sábado por la noche y domingo por la mañana, Impedimenta), que comparten una misma mirada -fresca, desinhibida, batalladora, gamberra- pero también muestran diferencias significativas. El joven Kingsley Amis siguió la carrera universitaria y cultivó una ironía claramente deudora de la línea satírica de Evelyn Waugh, aunque no -todavía entonces- de su esnobismo aristocratizante. Braine y Sillitoe, por el contrario, abandonaron los estudios a una edad temprana y conocieron de cerca -sobre todo el segundo- los trabajos arrastrados y las condiciones de vida de la clase obrera, un tema al que Amis -no digamos Waugh- se acercó sólo de pasada. Ahora bien, los antihéroes respectivos de aquellos, Joe Lampton y Arthur Seaton, encarnan maneras distintas de hacer frente al resentimiento de clase. El primero es un mero arribista, fingidor y antipático, dispuesto a cualquier cosa por triunfar en la sociedad que detesta. El segundo, en cambio, no reniega de su procedencia ni pretende el ascenso a toda costa, limitándose a dar rienda suelta a una furia descontrolada que ciertamente inauguraba un tono nuevo.

Todos ellos son bebedores y cínicos y poco escrupulosos a la hora de relacionarse con las mujeres casadas, pero esto último, por ejemplo, el adulterio, que era por aquellos años un tema muy rompedor y excitante, no nos dice nada a estas alturas, pues el hábito por entrometerse en las parejas ajenas -o la disponibilidad para engañar a la propia- es o ha sido siempre una pasión vulgar, a la que sólo los descerebrados se entregan de manera sistemática. Lo que Sillitoe, en mayor medida que Braine -un escritor meramente escandaloso-, aportaba en sus primeros libros, era el retrato certero de una generación que ya no se resignaba a la vida adocenada de los suburbios ni tampoco se sentía tentada por las tradicionales promesas del ideario socialista. Muchachos de los barrios obreros que rompieron los códigos de respeto de sus mayores y se echaron a las calles llenos de rabia, orgullosos y conscientes de sus orígenes pero poco dispuestos a transigir con el papel de siervos que el establishment les tenía reservado. De un modo ingenuo pero cargado de razones, sin una causa pero con muchos motivos, expresaban el malestar de los patios traseros en las reconstruidas sociedades de la posguerra, anticipando a un tiempo la eclosión sixtie y el nihilismo de los setenta.

La traductora de Sábado por la noche y domingo por la mañana, Mercedes Cebrián, ha dado a conocer ahora, también en Impedimenta, una nueva versión del segundo y más famoso libro de Sillitoe, La soledad del corredor de fondo, estrechamente relacionado con su ópera prima y concebido por los mismos años, cuando el autor de Nottingham residía en Mallorca. Precedida de un estimulante prólogo de Kiko Amat -que a partir de su propia experiencia traslada el escenario a la España de los ochenta-, la colección de relatos de Sillitoe incide en esa forma de realismo descarnado que arremete contra todo, desde una perspectiva impugnadora donde alienta una suerte de honestidad radical. Es la que lleva a Colin Smith, el protagonista de la primera de las historias recogidas -la que da título al volumen- a renunciar a la victoria con tal de defraudar las expectativas que sus presuntos protectores -el enemigo, a fin de cuentas- han depositado en el atleta, ladrón de poca monta e inquilino de reformatorio. Hay en este excelente relato y en el resto de los que forman la colección -no tan buenos uno a uno, pero elevados por la intención del conjunto- una épica inversa que muestra a la vez la ira, el desamparo y la necesidad de autoafirmación de una clase invisible, obligada a defender su dignidad frente al desdén uniformizador de quienes detentan el mando.

No es la perspectiva de Kingsley Amis, valiosa por otras razones, ni menos aún la de Braine, que carece de esa dimensión épica. Cita Amat a otros escritores, como Nelson Algren o John Fante, que ejercieron como retratistas de las existencias grises o marginales y le inculcaron la misma sensación de reconocimiento: la dureza, la beligerancia, el desconcierto a los que años después pondrían voz no los cansinos representantes de la canción protesta, sino los Who, los Clash o los Pistols. La “guerra perpetua” de Colin, en efecto, preludiaba la actitud salvaje del punk más genuino, pero importa más, en términos no sólo literarios, la capacidad que mostró Sillitoe para describir entornos alienados de los que no se esperaba nada y en los que sin embargo, pese a la permanente sensación de derrota, seguía palpitando la vida.

Por Ignacio F. Garmendia

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