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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Cuando la imagen es la protagonista del cuento

Siempre me han gustado los tebeos. Los de chicos y los de chicas. Los de jóvenes y los de adultos. Los cursis, los de aventuras y los pornográficos.

En alguna de los mejores imágenes de mi infancia me veo ronchando pan mientras leo una historieta: Zipi y Zape, Tío Vivo y Lili, Astérix y Cleopatra –¡Jo!-, Harold Foster en El príncipe valiente y los magníficos dibujos de Alex Raymond en Rip Kirby y Flash Gordon, los sofisticados modelos de Dale Arden, las naves espaciales, ciudades construidas en los árboles, el hielo o las nubes, el hada Agar-agar de piel blanca y pelo azul, Purita Campos, la épica guerrera de Esteban Maroto y esas otras historias rarísimas de Beà o Enric Sió. También el Drácula de Fernando Fernández, Paracuellos de Giménez, Tardi y su reinterpretación visual de Niebla en el puente Tolbiac, la adaptación de La caída de la casa Usher de Richard Corben en 1984, Creepy, Robert Crumb y el Nazario de Purita braga de hierro, El Víbora, Martínez el facha o el profesor Cojonciano en El jueves; Moebius, Horacio Altuna, Milo Manara, Las aventuras de Giuseppe Bergman y esas mujeres que al hacer el pis fecundan un trozo de tierra del que sale una flor, los trasuntos fellinianos, y muy recientemente los aforismos gráficos, anticapitalistas e hipercríticos, de Miguel Brieva en su espléndido Dinero (Mondadori)…

Sin orden cronológico, en los huevos revueltos de la memoria, se conjugan la nostalgia combativa con el deseo de encontrar nuevas propuestas. Porque soy lectora promiscua, laica, ácrata, aconfesional y profana, por falta de actitud fetichista y porque el mundo del cómic -o como se llame- exige a veces una vocación próxima al sacerdocio, me fui apartando de los tebeos. Hasta que he encontrado una coartada cultural para volver a cogerles el gusto: la novela gráfica.

Un género lábil

Regreso a la novela gráfica de la mano de Art Spiegelman y su Maus (Mondadori). Se me ponen los pelos de punta con la historia de un superviviente del Holocausto en el que se decanta la crueldad de las víctimas: la memoria del padecimiento indecible lejos de humanizar a los que lo han sufrido, los aparta de los otros, encastillándolos en su sentimiento de superioridad y en su rencor hacia el género humano.

En Maus se activa la máxima, ética y estética, de que nada se aprende del sufrimiento por mucho que la moral judeocristiana nos quiera convencer de lo contrario tal vez para minimizar el coste del dolor, hacernos sumisos ante la desgracia o buscarle un lado luminoso al sacrificio y las destrucciones. Al principio me abrumaba la tosquedad del dibujo de Spiegelman, las máscaras de cerdo, ratón o gato que desdibujan las identidades y etiquetan al individuo dentro un grupo “étnico”. Sin embargo, el relato de Spiegelman no se puede realizar de otra forma: cada trazo nace de una exigencia moral. Es la única opción para contar lo que está contando.

A partir de la lectura de Maus, empieza a interesarme el nombre del género “novela gráfica”, sus mutaciones, y las variaciones que ello implica en el proceso de lectura. Porque en el marbete “novela gráfica” cabe el cómic tradicional, los guiones originales y las adaptaciones de clásicos de la literatura, las biografías dibujadas, las historietas sin palabras, las viñetas sin o con bocadillo de texto, la combinación de texto y foto, los caligramas, en definitiva, los vínculos entre la realidad y sus representaciones, que nos hacen cuestionar el estatuto de la una y de las otras, se apartan de las ortodoxias genéricas y abren un fascinante mundo por explorar. Y ahí, en esas exploraciones, se sitúan tres libros estupendos: Mi libro de horas de Frans Mesereel en Nórdica, Virginia Woolf de Gazier y Ciccolini en Impedimenta y Polvo en el neón, con fotos de Dominique Leyva y texto de Carlos Castán, en Tropo Editores.

Un arte vivo y democrático

Nórdica ya había publicado La ciudad, obra clásica del artista belga Frans Masereel. Thomas Mann escribe un prólogo para Mi libro de horas, en el que destaca la inteligencia de Masereel para sintetizar el tiempo pasado del arte de la xilografía con la innovación; la tradición flamenca con el cosmopolitismo; y muy especialmente el riesgo estético con la posibilidad de llegar al lector no políglota o al proletario sin instrucción… Un arte democrático, no expulsivo: un arte que no levanta barreras sino que las demuele.

La propuesta de Masereel resolvería un trauma creativo muy común: necesitamos alejar la intrepidez formal –y, por ende, conceptual- del espacio del elitismo, aproximando las propuestas artísticas que buscan superar la necrosis de los códigos confortables y del discurso dominante, a esa utopía llamada democracia que tan a menudo confundimos con la demagogia, la lista de los más vendidos y la cuenta de resultados. Más discutible es el nexo que Mann establece entre el arte democrático y la abolición de las clases sociales y su lucha, como motor de la historia. A lo mejor si Mann levantara hoy la cabeza le daba la razón a Warren Buffett cuando señala que la lucha de clases no solo existe, sino que la van ganando los ricos…

Mann también plantea que el genio no es el fruto del esfuerzo sino que el esfuerzo es el resultado del genio, lo que de algún modo entraría en contradicción con su apuesta por el arte democrático. Más allá de estas disquisiciones, las láminas negras donde los perfiles los define el color blanco, el contraluz o la textura de negativo fotográfico de las xilografías de Masereel, su calidad de cine mudo, son bellísimas. Mi libro de horas es el relato autobiográfico de un santo pacifista, el propio Masereel, que descubre el amor y el sexo, se divierte en las ferias, sufre ante la muerte, se estremece ante las chimeneas de las fábricas, las ruedas dentadas, hace el pino con los niños, comulga con el mar y se descompone en la naturaleza…

Pasamos las páginas vertiginosamente y no estamos seguros de haber entendido bien la historia, no sabemos si hay moraleja, pero quedan sensaciones. Nos interrogamos respecto a la posibilidad de que existan distintas formas de leer. Ponemos en duda que los textos con dibujitos sean más simples que los textos sin dibujitos. La imagen no siempre pueriliza al receptor. Porque hay imágenes, con vocación poética o narrativa, que son texto, que no apoyan nada, que no ilustran, que son en sí y nos colocan en una tesitura no siempre cómoda, pero sí estimulante. Leer las imágenes de Masereel es una experiencia única que ningún lector curioso debería perderse.

Tengo siete años, estoy en el tren con mamá…

Primero hay unas hermosas viñetas de paisajes, líneas de costa, una masa amarilla y vegetal, amapolas sobre un fondo oscuro y una mano que escribe con una pluma cuya tinta se extiende ennegreciéndolo todo… Después, una niña evoca: “Tengo siete años, estoy en el tren con mamá…” Si el texto de Masereel es apreciable por la singularidad de la experiencia de lectura que propone, la Virginia Woolf de Gazier y Ciccolini destaca por la concentración de una existencia, marcada por el desequilibrio afectivo y el gozo y el dolor que provoca la escritura, en la que a veces lo que dicen las palabras de Virginia no es lo mismo que muestran las imágenes.

El texto y los dibujos de un cómic aparentemente convencional no son redundantes, y esa distancia con la que también experimentan Javier Rebollo y Lola Mayo en El muerto y ser feliz para provocar una efecto cómico, marca aquí el desajuste entre la sensibilidad de la protagonista y las cosas que suceden: anuncian su inadaptación y apuntan hacia una interferencia sentimental, una fractura, que empapan una historia que ya conocemos, pero que ahora apreciamos bajo una ingenua luz que subraya la vulnerabilidad de una de las autoras más singulares del siglo XX.

Polvo en el neón

La road movie de un Carlos Castán más romántico que nunca se contrapuntea con las fotografías de la ruta 66 de Dominique Leyva. La foto acota el texto y el texto amplía los indicios de la foto. Los rastros y los fantasmas, el carácter mortuorio de la imagen, se vivifica en la experiencia a la que apunta la palabra escrita. El contraste entre dos lenguajes diferentes es una invitación a imaginar sobre los márgenes de la página. Una prosa cuyo lirismo no llega a sobrepasar nunca sus propios límites juega dialécticamente con la mirada fija en un solo objeto de Leyva, que parece estar pensando: “Si sigo mirando este picaporte, este anuncio, los pliegues de esta sábana, voy a ver algo que antes no había visto. Es decir, algo va a suceder…”

El lector se siente concernido por esa “fuerza misteriosa y viscerógena que es el amor”: así lo define Quinn, el protagonista, en la página 41. No obstante, por aquello del romanticismo y la confesionalidad, adivino a Castán al otro lado del espejo, con gesto de Bécquer, mientras piensa en cómo hay personas que pierden su luz y se acuerda de las oscuras golondrinas.

Por Marta Sanz

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