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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Un devocionario de la Bella Época

Impedimenta edita el Pequeño diccionario de cinema para mitómanos amateurs, en el que Miguel Cane organiza sus particulares pasiones cinéfilas con ilustraciones de Ana Bustelo.

Me temo que no soy el lector o el crítico más indicado para un libro como este Pequeño Diccionario de Cinema para Mitómanos Amateurs del mejicano Miguel Cane, cuyo nombre, como pueden comprobar, se parece demasiado al de Michael Caine, uno de los protagonistas incuestionables de sus páginas, preciosamente editadas e ilustradas por Ana Bustelo, como no podía ser de otra manera tratándose de un libro de Impedimenta.

No soy el más indicado porque me tengo a mí mismo como el menos mitómano de los cinéfilos o como un mitómano raro y excéntrico, paradoja irresoluble, contradicción ontológica de la que yo mismo no estoy del todo convencido, sobre todo después de haberme oído contar tantas veces (todo sea por impresionar) aquella ocasión en la que vi una película (muy mala, por cierto) en Cannes sentado, codo con codo, junto a Quentin Tarantino, o cómo me acerqué con malsana curiosidad a Godard, Kiarostami, Agnès Varda, Morricone o Bud Spencer en los tiempos en los que uno viajaba a gastos pagados por los festivales de cine.

Extraña cosa eso de ser cinéfilo y pretender no ser mitómano, un problema que, indudablemente, no tiene en ningún caso, más bien todo lo contrario, Miguel Cane, todo un caballero cuyo perfil de dandy ilustrado responde palmo a palmo a esa gran raza del mitómano de manual forjado en los tiempos en los que el cine aún era el centro, el protagonista absoluto de la cultura popular del siglo XX, mucho antes de que los ídolos de la televisión, el famoseo o el sudoroso deporte le arrebataran a las estrellas y a los cineastas el altar de la veneración, el caprichoso y placentero juego de las identificaciones y las proyecciones, el culto sagrado con un espacio simbólico bigger than life que ha servido para anclar el sentido en los rincones más privados y al mismo tiempo más compartidos de nuestras miserables vidas.

Este Pequeño Diccionario de Cinema para Mitómanos Amateurs es, como anuncia su subtítulo, “un altar portátil de la más varia idolatría cinéfila”, un personal aunque muy transferible baúl de recuerdos y afectos en el que caben actores (aunque no esperen a Tom Cruise, bestia negra de nuestro autor), actrices, directores, personajes o lugares cinematográficos de ayer y de hoy, de allá (Hollywood) y de acá (Europa, España incluso), tipos y genios dispares, bellezas fugaces o de largo recorrido, carreras breves, truncadas o eternas observadas con mimo por la mirada siempre cómplice e irónica y la escritura suave y gustosa de Cane, que no se ha permitido aquí otra cosa que no sea escribir desde la pasión confesable y el conocimiento enciclopédico bien trenzado, pintando retratos que cualquier lector podrá encontrar no sólo como un sintético camino de iniciación al personaje, sino como una pieza valiosa en sí misma, sin otro ánimo que el de revelar esas esencias que conforman al mito y que, en estos tiempos de consultas a IMDb o Filmaffinity, quedan sepultadas bajo un sinfín de títulos, fechas y datos sin alma.

Decía que no era yo, o eso pensaba, el lector o el crítico ideal de este diccionario. Sin embargo, Cane me tiende una mano de complicidad secreta ahí donde menos la esperaba, en la elección de ciertos nombres que aún no están desgastados hasta el cliché por el abuso de la mitomanía al uso, a saber, esa que ha hecho del Hollywood clásico un epicentro casi blindado y que apenas mira a Europa de reojo, con complejo, y sólo cuando la figura encaja dentro del canon.

Por eso le agradezco tanto que, entre la nómina de sospechosos habituales, incluya además entre sus mitos de cabecera a las maravillosas Jeanne Moreau y Delphin Seyrig, al excéntrico Wes Anderson, a Jacques Tati, al controvertido y odiable Lars Von Trier, a John Cassavetes y Gena Rowlands, a Paul Newman y Joanne Woodward, a nuestros queridos Buñuel, Erice y López Vázquez, a la melancólica replicante Sean Young, la pelirroja Julianne Moore y la andrógina Tilda Swinton, o incluso a una de nuestras pasiones menores e inconfesables, esa ochentera y vulgar Nancy Allen a la que un celoso Brian de Palma exprimió todo su potencial erótico antes de dejarla caer en las garras de Robocop.

Por Manuel J. Lombardo

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