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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Desobediencia del buen salvaje

El mejor gobierno podría ser el que no gobierna en absoluto. Todos sabemos que el poder de la autoridad no reside en que la razón esté de su lado, sino en su capacidad para hacer uso de la fuerza.

A cualquier hombre se le debería reconocer el derecho a rebelarse y resistir cuando su gobierno insiste en mostrarse tiránico o ineficiente. Y si una ley te convierte en un agente de injusticia hacia otro, rómpela. Desobedece.

Todas ellas son máximas copiadas literalmente del pensamiento de Henry David Thoreau, autor norteamericano que se encargó de acuñar, a mediados del XIX, y en la soledad de una cabaña en los bosques de Massachusetts, algunos provocadores principios. Entre ellos, desobediencia civil -término que da título a uno de sus ensayos-, minoría de uno, revolución pacífica. Repito, no un jipi desfasado, no un antisistema, no un autor nacido al calor de las proclamas de Stèphane Hessel y José Luis Sampedro, sino un profesor norteamericano que lucía pajarita y una inclasificable barba, hace siglo y medio.

Tan adelantado, tan fuera de tiesto que su Desobediencia civil -se nos recuerda en el epílogo de La vida sublime- fue prohibida durante el maccarthismo.

Es curioso que, habiendo influido de tal manera en el pensamiento contemporáneo, la figura de Thoreau apenas sea conocida al otro lado del océano. Aunque todos conocemos, imagino, su hermoso llamamiento a la vida en lo salvaje: “Fui a los bosques porque quería vivir sin prisa -se explica en su Walden-. Quería vivir intensamente y sorberle todo su jugo a la vida. Abandonar todo lo que no era la vida, para no descubrir, en el momento de mi muerte, que no había vivido” .

Es imposible comprender el pensamiento de Thoreau sin recurrir al transcendentalismo: la corriente filósofica que surgió en Nueva Inglaterra a comienzos del XIX, que subrayaba la validez de la conciencia individual y hacía gala de una especie de panteísmo reverencial ante la naturaleza. Bajo la influencia de Emerson, Whitman, Louise May Alcott o Emily Dickinson se contaron entre sus seguidores.

En toda esta pulsión, late la vieja aspiración por un mundo nuevo, libre de inercias. En ello creían, a su manera, los “padres fundadores” de la casi mitología estadounidense. En ello se veían forzados a creer, superados por la impresión, muchos de los que lloraban, rendidos de inmanencia, ante los bosques de hierba púrpura de final del verano, ante los arces ardientes del otoño, ante las nieves de Pleistoceno de Norteamérica -a todo esto, por cierto, también rindió Thoreau homenaje-. Pequeño, pequeño, pequeño, insignificante hombrecillo civilizado, ¿pretendes dar caza a quién, encadenar qué? -“Hay un fuego subterráneo en la naturaleza -escribe- que nunca se extingue, que ningún frío puede aplacar”-.

No había más que caer de rodillas ante toda aquella majestuosidad. Henry Thoreau vivió durante dos años en el bosque, en una cabaña construida por él mismo que le costó 28 dólares.

En sincronía perfecta, Thoreau llamaba a luchar contra la alienación al mismo tiempo que, en la vieja Inglaterra, Karl Marx le daba nombre y razón económica al término: “Es un error pensar -decía el norteamericano- que en un país en el que encontramos evidencia de civilización, las condiciones de un gran número de sus ciudadanos no estén menos degradadas que las de los salvajes. Y me refiero a la degradación de los pobres, no a la de los ricos”.

Azote de beatos, Thoreau no creía en la caridad: creía en el compromiso. El país que se había erigido en refugio de la libertad no podía ocupar injustamente un país vecino (refiriéndose a la guerra de Estados Unidos con México) ni mantener a un tercio de sus habitantes en régimen de esclavitud. Por eso, se negó durante seis años a pagar impuestos -y pasó, por lo que parece muy gustosamente, una noche en la cárcel por ello: un familiar cumplió con su fianza-. No en vano, como él mismo decía, uno no tiene porqué hacerlo todo, pero sí que puede hacer algo.

Nunca está de más recordar lo modernos que podían llegar a ser los antiguos.

Por Pilar Vera

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