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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Nostalgia o los gemelos de Cărtărescu

Qué tremendo placer escribir esta reseña. Después de varias decepciones seguidas en las últimas tres semanas, solo atenuadas por la relectura de algún clásico de aquellos que nunca fallan, he tenido la suerte de tropezarme en la librería con Mircea Cărtărescu y su extraordinario libro Nostalgia (1993; Impedimenta, 2013). Aunque, en realidad, no ha sido tanto una cuestión de suerte como de escuchar las voces adecuadas.

Fue en el último Salon du Livre de París donde escuché por primera vez este nombre, en el stand de Rumanía, y fue mi colega Offuscatio quien, poco después, recomendó muy acertadamente otra obra suya, El ruletista (1993; Impedimenta, 2010), en su blog. «Leer El Ruletista es como entrar en un universo progresivamente incómodo, contaminado por una sordidez moral pegajosa, en el cual no existen salidas de emergencia (…) Un relato más que recomendable», nos cuenta en su estupenda reseña. Así, cuando vi la portada de Nostalgia en la mesa de novedades de mi librería –una obra que incluye, además de los relatos que componen la obra del mismo nombre, el de El ruletista a modo de prólogo–, no dude un instante en comprarla. Y lo que voy a destacar en las próximas líneas es una de las piezas narrativas con mayor fuerza que he leído en los últimos años. Se trata de Los gemelos.

«Tras una noche de sueño agitado, un insecto terrible se despertó transformado en el autor de estas líneas.» Más o menos así empezaría yo, dando la vuelta a la frase con la que empieza La Metamorfosis de Kafka, la historia que he pensado escribir aquí si es que quisiera publicarla usted.

Con estas palabras tan sugerentes comienza el relato Cărtărescu. En realidad, para llegar a estas palabras debemos leer primero diez páginas en las cuál el narrador nos describe cómo un hombre –¿sí? ¿un hombre?– se transforma en mujer frente al espejo de su baño, utilizando para ello una navaja de afeitar, un poco de maquillaje, una peluca de rizos bermejos y un vestido de noche cuyo generoso escote le obliga a utilizar dos bolas de algodón a modo de pecho. Sin embargo, el auténtico inicio del relato está en esa referencia a La metamorfosis de Kafka, momento en el que el narrador asume el protagonismo de la novela hablándonos de sí mismo en primera persona. Al principio, cuando Andrei nos habla de “ella”, de Gina, de esa chica que «dormía con los ojos abiertos, como no he visto dormir a nadie más», de ese «monstruo horrible no por su fealdad, como en Kafka, sino por su belleza», nos parece que su transvestismo no es una cuestión de alteración sexual sino una vía para poseer a la mujer amada, buscando en esa mutación la manera de apropiarse de un cuerpo, de una mente, que se le resiste.

No pretendo explicar aquí por qué la amé, un asunto inexplicable como todo lo natural. Tampoco quiero siquiera relatar qué nos sucedió hace diez (¿tal vez once o doce?) días. Pienso tan solo en convocar a mi pasado, o tal vez en remodelar el pasado, o inventarlo, o en hacer todo a la vez, pues me interesa tan solo tener un pasado, una serie de imágenes que sean o que sustituyan el caos en que me muevo ahora.

Sin embargo, a medida que nos permite entrar en ese pasado poblado de recuerdos familiares , nos parece intuir la progresiva feminización de su espíritu, ya desde el momento en el que su madre lo «vestía de niña, siempre con pichis blancos, así que las vecinas me llamaban Andriusa, o Andreea, y me besaban y me achuchaban hasta casi asfixiarme.» Luego, el relato de ese amor de juventud, ese combate desigual entre un adolescente cuyo erotismo se mantiene agazapado en una minúscula habitación de su corazón, sin atreverse a salir de ahí, y esa chica que lo utiliza para proporcionarse el afecto y la seguridad que no sabe encontrar en sus “otros” hombres, exigiéndole besos y palabras amables cuando las necesita, nos desconcierta hasta el punto que no podemos hacer otra cosa que recuperar la suposición inicial: Andrei no encuentra otra manera de poseer a Gina que transformándose en ella. Pero Cărtărescu domina de manera magistral el juego de la literatura, lo domina como si fuera a la vez arbitro y contendiente, contramaestre y grumetillo, como si agitara la batuta al mismo tiempo que opera las notas en las cuerdas de un chelo. Nos dirige hacia donde quiere sin perder nunca la perspectiva de su protagonista. Mantiene al lector en un estado de permanente desconcierto, obligándolo a desechar una suposición tras otra, a deshacer un puzzle que parecía terminado para terminarlo mejor, llenando esos pequeños huequitos que quedan cuando encajamos las piezas a la fuerza. Luego, mientras asistimos perplejos a la resolución del asunto, sin emitir palabra, vamos comprendiendo poco a poco que Los gemelos no es un relato para leer una sola vez. Necesita ser releído una, dos, o incluso una infinidad de veces, pues cada vez que lo hacemos descubrimos algo nuevo que nos obliga a recomponer las piezas.

Yacía de espaldas y me veía en las pupilas de un ser borroso inclinado sobre mí: veía el rostro de Gina, levemente deformado por la esfericidad del ojo. Cuando el cono de mi conciencia aumentó, me di cuenta de que aquel ser tenía mis rasgos y de que me miraba con un terror infinito.

Hay algo de Sábato en Los gemelos. Hay algo de Sobre héroes y tumbas aunque, curiosamente, Andrei presenta más matices que Martín y, en cambio, Gina carece de la oscuridad de Alejandra. Pero los cuatros transitan sobre las misma cuerda fina, como si fueran funambulistas. Además, nos acompaña la misma sórdida decadencia de Buenos Aires, ese Bucarest en el que los edificios tienen «balcones en forma de alvéolo peligrosamente suspendidos sobre las calles, con estucos, acanaladuras y mascarones, con atlas de yeso podrido bajo los arcos», en el que «el dorado de los muros viraba al ámbar y luego al púrpura, las mejillas y las narices de las gorgonas de los frontispicios lanzaban sombras afiladas sobre una pared entera, las ventanas se llenaban de sangre, y una niña con un vestido azul, detenida en el umbral de la puerta de hierro forjado, con lanzas, de su casa, te removía viejos recuerdos». Cărtărescu tiene la habilidad de situar la historia en el único lugar del mundo en el que puede desarrollarse, una ciudad descascarada y maltrecha cuyos habitantes, como el protagonista, regresan a casa henchidos de tristeza. Como los lectores que se adentran en sus páginas.

Cărtărescu ha conseguido con este relato devolverme cierta alegría perdida, aunque suene a contradicción. Por eso os recomiendo que recompongáis este puzzle una, o dos, o incluso una infinidad de veces.

Por Karenin.

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