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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«Los habitantes del bosque», de Thomas Hardy

Inicio esta novela con enormes expectativas y con curiosidad pues me acerco por primera vez a este autor inglés de culto.

Publicada en 1887, y traducida ahora al español, te sumerge en el mundo rural de la Inglaterra victoriana, habitado por gente sencilla que sobrevive en un medio hostil, de inviernos largos y fríos, acostumbrada a la soledad y oír los sonidos de la naturaleza e interpretarlos, apegados a unas costumbres tradicionales y con un elevado sentido de la ética.

Grace Melbury es una joven nacida en Little Hintok, en el condado de Wessex, hija de un maderero próspero que ha empleado parte de su fortuna en darle una exquisita educación, un hecho que la convertirá, a su regreso al pueblo, en algo exótico y la alejará del compromiso tácito de matrimonio existente con el amigo de la infancia Gilles Winterbone. Deslumbrada por Edred Fitzpiers, un médico instalado recientemente en la zona, sin fortuna pero de buena familia, acabará casándose con él e iniciando así una etapa nueva en su vida. La señora Charmond, viuda y poseedora de la Casa Hintock junto a sus bosques y de las mayores tierras, será otro personaje fundamental, al encapricharse del médico y provocar una tormenta anímica en el, hasta entonces, inocente espíritu de Grace. La tragedia está servida.

Resumida así, podría parecer una novela romántica, y a su manera lo es, aunque sobrepasa este calificativo para ser mucho más. Es una novela que muestra el comportamiento social de la época: la impermeabilidad de las clases sociales, hasta el punto de que un matrimonio con una mujer de clase inferior se convierta de inmediato en un obstáculo para el progreso en la profesión; el respeto entre estas clases y hacia sus pautas de comportamiento; la autoridad del padre de familia, disponiendo a su antojo el futuro de los hijos y la aceptación, como una fatalidad, de la decisión de éste; la solidaridad entre los campesinos y sus problemas laborales; la pobreza y los desequilibrios en la distribución de la tierra; el respeto hacia la naturaleza de la que viven y el magnífico conocimiento de ella que muestra el autor; las curiosas leyes sobre la propiedad imperantes. Cuestiones todas de enorme interés.

La novela se sumerge, en este marco, en el interior de los personajes principales y aporta abundantes reflexiones sobre los sentimientos humanos. El lector seguirá la evolución de Grace, desde esa señorita cultivada objeto del cortejo de dos hombres a cual más diferente, hasta, convertida en señora Fitzpiers, compartir el dolor de la decepción con causa en la deslealtad del marido. Grace es una heroína que me ha recordado a alguna protagonista de la maravillosa Jane Austen, otra enorme autora inglesa, en cuya alma tiene lugar una lucha intensa entre sentimientos encontrados y, por encima, una exigencia de cumplimiento del deber junto a la obediencia a sus principios morales que se impone a ellos. Gilles Winterbone es otro personaje impagable y una víctima del destino. Su amor por Grace, reducido a una amistad impuesta por las circunstancias, el renacer de las expectativas respecto a ella, su pasión y la forma de contenerla para protegerla, dan lugar a páginas memorables.

El argumento nos lleva por el camino de la vida de estos individuos, unos caminos duros, con múltiples meandros en forma de equívocos, errores humanos y alguno malicioso, para desembocar en un final agridulce, como corresponde a un relato realista sustentado por unas personas sensatas.

Estamos ante una novela del XIX ejemplar, en la linea de J. Austen, e incluso Wilkie Collins, autores que, con su obra, elevaron en su momento a la novelística inglesa a los altares. Un hecho que estuvo justificado.
Una lectura de gran interés que harán bien en no perdérsela.

Por María García-Liberós

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