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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«Inocencia», de Penelope Fitzgerald

Conocí a Terence Dooley, yerno de Penelope Fitzgerald, hace un par de meses, durante la celebración de la London Book Fair de este año, y volvimos a hablar entonces, como ya lo habíamos hecho previamente por correo electrónico, pero ahora en directo, sentados en la cafetería de la London Review, de lo mucho que nos llevaba este libro a los juegos de palabras, a los efectos burlones, a los personajes contrapuestos de caracteres imposibles y a las diferencias sugeridas entre clases sociales de las comedias de Shakespeare.

Ambientada en la Italia convulsa de los años cincuenta, en Florencia aunque también en villas repletas de tesoros artísticos, de viñedos y limoneros, Inocencia podría haberse titulado, a sugerencia del editor de la primera versión inglesa, Felicidad, a lo que Penelope Fitzgerald respondió (como cuenta Terence Dooley en el postfacio de esta traducción al castellano) que igualmente podría titularse Infelicidad, algo que el editor de entonces no aceptó porque consideró, probablemente con bastante acierto, que un título así espantaría a los lectores.
Y lo cierto es que la felicidad es el tema básico de esta novela. Los personajes centrales, Chiara y Salvatore, se enamoran de una manera dolorosa, violenta. Se aman tanto que no lo soportan y se convierten así en los responsables principales de las discrepancias y disgustos que surgen en su relación. Ella es muy joven; acaba de salir de un colegio inglés y ha de regresar a la casa en que viven su padre y su tía, descendientes de una antigua familia de nobles italianos ahora venida a menos. Y él es un médico brillante pero opaco, terco y exaltado, hijo de un no menos exaltado comunista, seguidor y amigo de Antonio Gramsci. Su historia, su genética y su manera de ver el mundo chocan desde el primer instante, pero resulta que ellos se aman. Y Penelope Fizgerald, de una manera clara y directa, con ciertos toques de ironía y grandes dosis de ambientación italiana, nos hace ver (a sus personajes y a nosotros, los lectores) que nadie puede hacerse cargo de la felicidad de los demás ni responsabilizarse de ella.
Como en todas sus novelas, también en Inocencia existe un elemento perturbador. El reflejo de lo mágico. Si en La librería lo era el caprichoso poltergeist que dominaba el edificio abandonado en el que Florence Green deseaba abrir una librería, y en El inicio de la primavera lo eran los bosques de abedules y sus conmovedores secretos, en Inocencia lo es el personaje de Cesare, un hombre taciturno, aislado, que será quien tenga finalmente en sus manos la capacidad de otorgarles a los personajes esa felicidad del título que no llegó a ser.

Pilar Adón

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