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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Una novela de Larkin, divina providencia

calibrar estados de ánimo y dejar testimonio del mundo que vivió uno de sus mayores desastres históricos. Siempre hace ilusión encontrarse con la novela de un poeta sobresaliente. Una chica en invierno, es lúgubre y obsesiva como una tarde de martes en Hull, como un poema del viejo Philip. Y por eso, está bien.

Siempre resulta curioso pensar en las novelas de los que sobresalen como poetas. Si encima quien la escribe es Philip Larkin la sensación se acrecienta por una mezcla entre la fina línea que le une a T.S. Eliot y W.H. Auden sin olvidar el contexto de Una chica en invierno, publicada en la inmediata posguerra desde esa tendencia que recorrió la cultura europea de recordar el pasado presente para
Por otra parte el británico nos presenta una trama con ciertos tintes autobiográficos si se piensa a su extensa labor como bibliotecario en Hull. La protagonista es Katherine, una refugiada que sufre la desazón de un tiempo congelado en una pequeña ciudad y malvive su trabajo por culpa de un jefe que ha aprovechado el estallido bélico para trepar hacia la cima. Esta situación, unida a la doble moral y a un más que previsible machismo, desatará una calma caja de truenos condensada en la jornada en que transcurre la novela, un día anodino como tantos otros pero especial por la toma de conciencia de Katherine, la protagonista de un relato dividido en tres partes bien definidas.

La primera nos pone en situación. Descubrimos el contexto y una anécdota bien simbólica, el dolor de muelas de una compañera impulsa a la extranjera hacia la aventura de una cotidianidad precisa y desangelada como los poemas de su creador. La calle no es un espacio hostil, sólo contiene los gérmenes de un universo desierto con cierto aire teatral. La farmacia, la casa y las reacciones son espacios cerrados, islas mentales unidas por la geografía y un sentimiento irreparable de desconsuelo. Si lo percibimos es por el mayor acierto de la prosa de Larkin: su capacidad para crear una atmósfera y desplegarla con sutil suavidad hasta impregnar todo el tejido textual.

El segundo tramo propicia comprender las motivaciones de Katherine para con su país de adopción. Inscrita en uno de esos programas de intercambio epistolar imposibles en la actualidad, recibe la invitación para visitar en la isla a uno de sus interlocutores, Robin, un adolescente de dieciséis años de buena familia y modales impecables. Ese salto al pasado nos transporta a un período dubitativo y estable. La vida era otra y cada instante era una excusa para pensar en el futuro inmediato desde preocupaciones más o menos banales. Sólo la poética de Larkin, como en el momento sublime en que Robin menciona que en la Prehistoria el Rhin y el Támesis fueron un mismo río, confiere trascendencia a lo nimio de tres semanas de vacaciones entre partidos de tenis, cavilaciones amorosas y la acertada presencia de un tercer rol fundamental, Jane. Ésta actúa como misteriosa carabina en la relación frustrada del despertar de las sensaciones entre dos desconocidos.

La tercera parte, caída la tarde y acercándose el desenlace, completa esta historia mínima con la que a buen seguro se sintieron identificados muchos lectores de la época por su minuciosa descripción de los dimes y diretes de la Lonely people que glosara a posteriori McCartney en Eleanor Rigby. Katherine es una desheredada de la tierra que simplemente quiere aspirar a recibir sus mínimos dones. Su inacción y desespero prolongan en cierto sentido una línea de la alienación contemporánea que fluye entre Kafka y Antonioni, entre Magritte y los minutos de silencio del piano de Cage. Las preguntas sin respuesta se acumulan en la mesa y el gran tema vira hacia nuestro ensimismamiento por el desborde de la Historia. Incapaces como somos de leer los tiempos de la misma, sucumbimos a un estado estático a la espera de una nueva luz que abra una vía de escape.

El lúgubre paréntesis de la Segunda Guerra Mundial, omnipresente en Una chica en invierno sin la urgencia de mostrarse con rotundidad, marca una terrorífica línea divisoria que explica a las claras el porqué los actores deambulan por el teatro de los acontecimientos sin saber muy bien cómo comportarse. Larkin puede reforzar esta idea por lo forastero de Katherine, pero en realidad anuncia desde una intuición las mutaciones venideras una vez cesara el estruendo de las armas y la paz moldeara un borrón y cuenta nueva que disipara la incertidumbre de esa nieve constante en la superficie y los cerebros.

Por Jordi Corominas.

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