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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
¿Harto de todo? Manual para borrarse del mapa sin dejar rastro

«Reginald Perrin, ejecutivo cuarentón, gris y flemático, arquetipo de la clase media británica de posguerra, empieza a tener disparatadas fantasías evasivas camino de su aburridísima oficina. Incapaz de detener sus nuevas ansias escapistas, el hombre decide fingir su propio suicidio.»

Todos los años desaparecen en Suecia más de 7.000 personas. El objetivo de Jens Jansen era «convertirse en una de las treinta que nunca reaparecen»… Jansen, ejecutivo de Helm Tech, fabricante de cascos para bici, tenía un plan de fuga tan insólito que podría salir bien; iba a esconderse en un lugar donde a nadie se le ocurriría buscarle: su oficina. Dormitaría en el almacén, se escondería en los conductos de respiración, viviría de las máquinas de comida y bebida, espiaría a sus compañeros desde sus escondrijos… Una nueva vida en la clandestinidad…

¿Sus motivos para cortar por lo sano? Un difuso malestar que podría resumirse así: Jansen estaba harto de todo.

«¿Qué tipo de persona prescinde de los amigos, la familia y la carrera profesional para encerrarse en un anodino bloque de oficinas junto a una autopista en el norte de Europa?», se pregunta nuestro antihéroe. Jansen no tiene «explicación alguna» para este enigma más allá de una «monumental y apática falta de iniciativa» laboral.

«Se trataba de un estado que no debía confundirse con el descontento. No estaba amargado, solo había ido perdiendo, poco a poco, la fe en ese sistema en el que el mismo no era más que un componente pequeño e insignificante… Al volver de las vacaciones, el hastío que le producía el trabajo no tardó más que unos pocos días en empezar a apremiarle, como si hubiese desarrollado una forma de alergia», cuenta el narrador de La oficina, afilado debut literario del periodista sueco Lars Berge que publica ahora Alfaguara.

Hay un momento en el que todo oficinista sabe que ya no hay vuelta atrás. El de Jansen les será a ustedes familiar: cuando el café ya no sube y a uno le entran ganas de invadir Polonia cada vez que enciende el ordenador y escucha la sintonía de Windows. «Pese a su copiosa ingesta de café de la máquina era como si nunca llegase a despertar del todo. Le bastaba oír la breve sinfonía de Microsoft Windows en el arranque del ordenador para notar una quemazón detrás de los párpados. Era como si la propia radiación que emanaba de la pantalla le empujara la cabeza, lenta pero irremediablemente, hacia el suelo como si se tratara de un yonqui refugiado en uno de los ruidosos vagones del metro en hora punta».

He aquí, por tanto, la madre de todas las alienaciones laborales. Y la desaparición total como única vía subjetiva de salida. ¿Extravagancia? ¿Locura transitoria? En realidad Jansen no hace más que seguir toda una tradición cultural: la de las espantadas de la clase media en la era del capitalismo financiero.Si pensábamos que pasar de la cadena de montaje (fordismo) a la oficina informatizada (turbocapitalismo) iba a acabar con el malestar, nos equivocamos. Y la cultura nos lo lleva recordando desde principios de los años setenta, cuando el pinchazo del 68 se juntó con la crisis del petroleo, y el experimento neoliberal comenzó a presionar las costuras del Estado del bienestar. Hablamos de novelas setenteras que, casualidad o no, han vuelto con fuerza a las librerías esta década, en pleno malestar ciudadano.

Cuesta abajo y sin frenos

Como en tantas otras cosas, el pionero del actual subgénero Grandes Espantadas de la Clase Media fue el escritor británico James Ballard. Es más: no ya es que fuera uno de los primeros en disparar, es que el escenario que planteó en La isla de cemento (1974) aún no ha sido superado. Atentos a la sinopsis:

El libro, que Minotauro ha reeditado varias veces en los últimos años, narra las desventuras de un ejecutivo tras sufrir un accidente de tráfico a las afueras de Londres. Su Jaguar cae por un terraplén hasta una isla de tránsito situada bajo los carriles de una autopista elevada. Sobrevive, pero el rescate será imposible: nadie sabe que está allí abajo porque nadie le ve…

Y ahora viene lo bueno/el toque Ballard: tras un breve tiempo de rabia y desesperación, el tipo le acaba cogiendo el gusto a la situación. Cualquier cosa con tal de seguir con la vida de oficinista de 9 a 6. Libre de las cadenas del trabajo asalariado. Un Robinson Crusoe punk y antisistema.

En efecto, solo a James Graham Ballard, autor de Crash y La exhibición de atrocidades, se le podría ocurrir un argumento así… y salir airoso y triunfante del desafío.

La isla de cemento, de hecho, es una de las múltiples y originales variaciones ballardianas del asunto: o las extrañas rebeliones de la clase media contra el hiperconsumismo enajenador.

La gran broma punk

Un año después del ballardazo llegó a las librerías británicas un libro cómico al que una temprana adaptación televisiva de la BBC convirtió en leyenda: Caída y auge de Reginald Perrin, de David Nobbs, publicado en Impedimenta en 2012.

Reginald Perrin, ejecutivo cuarentón, gris y flemático, arquetipo de la clase media británica de posguerra, empieza a tener disparatadas fantasías evasivas camino de su aburridísima oficina. Incapaz de detener sus nuevas ansias escapistas, el hombre decide fingir su propio suicidio. Los títulos de crédito de Caída y auge de Reginald Perrin (1976-1979), considerada una de las mejores series británicas de todos los tiempos, mostraban a un Reginald Perrin (Leonard Rossiter) llegando a una playa, quitándose la ropa y entrando desnudo en el mar para no volver…

Pero la cosa no había hecho más que empezar: Perrin adopta primero una nueva personalidad para empezar de cero: cuidador de cerdos. Pero luego se da cuenta de que está errando el tiro: lo suyo (y lo de los demás) no se soluciona escapando, sino cogiendo el toro (capitalista) por los cuernos.

Perrin reapare entonces para despedirse de su trabajo y abrir una tienda de objetos que no sirven para nada; literalmente: un salero sin agujeros o una rueda cuadrada. Objetos descabellados puestos a la venta bajo los siguientes eslóganes: «Cuanto más malo, más caro», «Si le gusta, le devolvemos el dinero”, “Regalos para la gente que odias”. “Hoy en día se vende tanta porquería que yo he decidido ser honrado», cuenta a sus clientes un sonriente Perrin. Dinamita punk y cómica contra el sistema que lo alienó.

Hasta que ocurre un giro glorioso que ejemplifica las dificultades para luchar contra un sistema encantado de asimilar a la disidencia: la tienda de objetos absurdos de Perrin triunfa a lo bestia, y se acaba convirtiendo en una multinacional de éxito cuya gestión diaria, ¡ay!, aliena de nuevo a su principal ejecutivo: Reginald Perrin. Y vuelta a empezar…

Volver al redil

Mientras todo esto sucedía en el Reino Unido, al otro lado del Canal de la Mancha un joven escritor francés estaba reinventando la novela criminal europea con nuevas dosis de acidez, vitriolo político y mala bala. Hablamos de Jean Patrick Manchette, autor de una de las novelas negras más demoledoras de todos los tiempos: Nada.

En Balada de la costa oeste (1976; publicado por RBA en 2013), Manchette contaba, con su habitual estilo seco, frío y sin concesiones a la galería (psicológica), las tribulaciones de un ejecutivo hastiado obligado (a la fuerza) a salir de su estado catatónico: se ve envuelto por azar en una trama criminal.

Manchette, veterano de las guerras del 68, no creía demasiado en la capacidad de reinvención de la burguesía, así que sometía a su ejecutivo a no poco fuego crítico.

Una pista sobre de qué va todo esto: los primeros editores españoles de Manchette (la histórica editorial Jucar) recurrieron a un título más incisivo la primera vez que tradujeron el libro allá por los años ochenta: Volver al redil.

Volver o no volver al redil, esa es la cuestión.

Liebres para la liberación

En un tono mucho menos ácido, aunque mucho más empático, se movío el escritor finlandés Arto Paasilinna en una de las grandes novelas cómicas europeas, El año de la liebre, publicada originalmente en 1975, aunque recuperada por Anagrama en 2011.

El profesional liberal estresado es ahora un periodista achicharrado que atropella a una liebre.

Tras hacerse cargo del animal durante unas horas, algo hace crack en su cabeza: el periodista lo deja todo e inicia un azaroso recorrido por la Finlandia profunda junto a su nuevo y simpático animalico. Libre al fin gracias a una liebre.

El año de la liebre es una fábula ecologista que actualiza una de las variantes con más raíces históricas del subgénero espantadas: echarse al monte.

Moraleja: queda en sus manos decidir cual de todas estas aventuras se ajusta mejor a su malestar vital y laboral. ¿Liebres con las que compartir una nueva vida? ¿Isletas de tráfico transformadas en un dúplex de ensueño? ¿Escondrijos de su oficina en los que poder descansar de una vez por todas? Ustedes verán.

De nada.

Por Carlos Prieto.

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