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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«Una oración por Katerina Horovitzová», de Arnost Lustig

«Esta breve novela es un lujo que duele demasiado. Es grotesca, pero es justa; es una monstruosidad que sangra y despeña cuerpos allá por donde pueda, pero es un ejercicio sin igual que tiene un único objetivo: ajusticiar a los inocentes, darles el lugar que les corresponde, y decir la verdad: aquellos seres llamados humanos que creían dominar el mundo eran unos malnacidos, y de nosotros depende que algo así se repita o no.»

«De aquí sólo se sale por la chimenea», dijo Primo Levi en Si esto es un hombre, en relación a su infernal estancia en Auschwitz. Y añade: «No hay dónde mirarse, pero tenemos delante nuestra imagen, reflejada en cien rostros lívidos, en cien peleles miserables y sórdidos. Ya estamos transformados en los fantasmas que habíamos vislumbrado anoche. Entonces por primera vez nos damos cuenta de que nuestra lengua no tiene palabras para expresar esta ofensa, la destrucción de un hombre. En un instante, con intuición casi profética, se nos ha revelado la realidad: hemos llegado al fondo. Más bajo no puede llegarse: una condición humana más miserable no existe, y no puede imaginarse. (…) Nos quitarán hasta el nombre: y si queremos conservarlo deberemos encontrar en nosotros la fuerza de obrar de tal manera que, detrás del nombre, algo nuestro, algo de lo que hemos sido, permaneza.» La trilogía Auschwitz,como se conoce la parte más importante de la obra de Levi –que recuerda Sin destino, de Imre Kertesz–, es la narración más exacta del horror nazi. Son un recuento de escenas terribles, durísimas, odiosas. Es muy difícil contar la historia de los campos de concentración mejor de lo que lo hacen los supervivientes. Es muy difícil situarse en el pellejo de un prisionero si nunca se ha sufrido hasta el punto de estar esquelético y lleno de llagas, temiendo siempre o, lo que es peor, deseando siempre el momento de la muerte. La muerte, en esas circunstancias, es más digna que cualquier vida imaginada.

(…) habían comprado sus vidas porque tenían con qué hacerlo, mientras que otros muchos millones de personas no tenían si quiera con qué comprar su muerte.

En 2009 visité el campo de concentración de Dachau, a veinte minutos de Munich. Fue una experiencia horrible. Lo vi todo, lo escuché todo, lo sentí todo. Olí la muerte. Allí huele a muerte, huele a cuerpo putrefacto, huele a gas, huele a lágrima, a dolor. Allí huele a sadismo, a los seres indignos que describe en su novela Dazai. Huele a punto y final. A partir de entonces el mundo debería construirse siempre sobre mentiras y olvidos, y así, me dije, no se puede vivir. Cómo se puede vivir. Y cómo podría nadie sobrevivir a un campo de concentración. Salir no era fácil, no, ¿pero y vivir después? ¿Qué podría alguien como yo, o nadie, decirles a aquellos hombres que, viviendo en los aledaños del campo de Dachau, supervivientes todos ellos, visitan todos y cada uno de los días de su existencia el campo? ¿Cómo es posible que el horror, tantísimo horror, cree esa dependencia tan descarnada, tan brutal? ¿Cómo es posible, me repito siempre que lo recuerdo, que alguien esté dispuesto a reabrir las heridas por la mañana para ir cerrándolas poco a poco, y a base de tesón, mucho tesón, durante el resto del día? Leía a Primo Levi en busca de respuestas. Llegué a Munich leyéndolo, me marché leyéndolo, y continué leyéndolo tiempo después. Aún no he encontrado la respuesta.

Es más, nos atrevemos a pedirles que (una vez lleguen a su destino, con lo cual tal vez me esté adelantando, pero quiero zanjar esto de una vez por todas) hablen bien de este país. (…) No hay ni un ápice de verdad en las noticias que nos acusan de haber establecido, apenas unas semanas después de tomar el poder, cuarenta y tres campos como este que tienen ante ustedes.

Una oración por Katerina Horovitzová supuso remover muchos de estos sentimientos. Se mezclaban en la lectura imágenes de La lista de Schindler, imágenes grotescas que yo misma había imaginado cuando, por ejemplo, puse mis pies en la cámara de gas de Dachau, cuando vi los buzones a través de los cuales metían el gas en las cámaras, cuando vi las estancias previas al crematorio en las que la piel, el oro de los dientes, los tatuajes, eran arrancados de cuajo para disfrute de aquellos monstruos. El libro publicado por Impedimenta no habla de los campos de concentración de forma extensa y detallada; habla de una huída, previo pago, de una salvación. De una oración. De un quizás. Habla de un largo, larguísimo y eterno, trayecto en tren; habla de las sacudidas de los miedos de aquellos seres que, inocentes y confiados aún en la raza humana, contemplan la puesta a punto del punto y seguido que debería ser sus vidas. Y la novela comienza con un sastre, un sastre maravilloso que confeccionará los trajes del salvador de Katerina. Un sastre que sabe, pues lo lleva escrito en los ojos y en cada una de sus líneas de la mano, que de las pesadillas es muy difícil huir.

Veinticinco metros más allá estaban perfectamente acordonados por una alambrada de alta tensión (diez mil voltios) con aislantes de porcelana blanca sin mácula. La alambrada había sido tensada como la cuerda de un instrumento musical, pero no parecía que de ella pudiera emanar nota alguna.

Esta breve novela es un lujo que duele demasiado. Es grotesca, pero es justa; es una monstruosidad que sangra y despeña cuerpos allá por donde pueda, pero es un ejercicio sin igual que tiene un único objetivo: ajusticiar a los inocentes, darles el lugar que les corresponde, y decir la verdad: aquellos seres llamados humanos que creían dominar el mundo eran unos malnacidos, y de nosotros depende que algo así se repita o no. Una oración… está inspirada en una historia real; eso araña demasiado. Es una novela tan trágica que se quedará por siempre en la retina del lector. Es también una novela agobiante, escalofriante. Es como soñar que se corre, que se corre, que se corre todo lo deprisa que uno puede, huyendo de un asesino en serie, y mirarse a los pies y saber que no se avanza, que los pies en realidad no se mueven. Así es esta novela: una meta que nunca, jamás, tiene pistoletazo de salida. Es demencial, es insufrible, en realidad, porque da de lleno, en exceso incluso, en el lector. Son escenas negras y rojas que se suceden en un ambiente de asfixia sobrecogedor. Unos, dispuesto a todos por un minuto más de vida, por la esperanza de tener una esperanza; otros, riéndose en la cara de aquellos a los que saben perdidos de antemano. El poder y la vida enfrentados, más que nunca, en lo que es una novela majestuosa.

Todos somos indignos de ser humanos. Y esto no lo digo yo, lo dice Dazai.

Por Ainize Salaberri.

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