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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Amores zoofílicos

Oso es la obra maestra de Marian Engel (Toronto, 1933-1985), una escritora relativamente tardía que comenzó a publicar en 1968. No Clouds of Glory es el título de la primera novela. Sin embargo, fue Bear (1976) la pieza narrativa que proyectó a la escritora a la fama, y también al escándalo.

No obstante, el libro fue galardonado con el Governor General’s Literary Award for Fiction en 1976. Hoy en día Marian Engel está considerada como una gloria nacional de Canadá. Margaret Atwood, Roberston Davies o la nobel Alice Munro, entre otros, no han dejado de ensalzar los valores de su escritura que comparte por igual erotismo, transgresión, delicadeza y amor a la naturaleza. Oso ha merecido el elogio de ser considerada la novela más polémica que se ha escrito en Canadá (The Canadian Encyclopedia), una pieza narrativa que supera las tonalidades eróticas y se adentra claramente en las prácticas zoosexuales, en las relaciones amoroso-sexuales prohibidas o indecentes, según las convenciones sociales en las que nos movemos. Un tema tabú -¿natural?, ¿cultural?- asentado y consolidado desde tiempos inmemoriales, aunque esa relación prohibida será solamente una parte de la novela. Que nadie piense pues que Oso es por ejemplo la versión zoofílica de Cincuenta sombras de Grey.

Se sabe que Marian Engel inició la escritura de Oso con la intención de darle forma a una novela pornográfica que se vendiese bien y le permitiese ganar dinero para mantener y educar a sus hijos, tras su divorcio. El resultado fue otro. La protagonista, Lou, trabaja en el Instituto Histórico de Toronto. Trabaja como un topo ordenando nimiedades de tiempos pasados, encerrada en su gris mundo privado que la está envejeciendo y marchitando como los amarillentos papeles que pasan por sus manos. Un tal “Coronel Jocelyn Carey” (que resultará ser una mujer) lega sus propiedades en la isla de Pennarth al Instituto. Entre ellas, una gran biblioteca y documentación relevante que será preciso catalogar. Lou será la encargada de hacerlo. Con esa finalidad se traslada a la isla en el norte de Canadá. Un lugar olvidado, todavía virgen. En los establos de la casa hay un oso, un viejo oso al que debe tratar como a un perro. Lou, una vez instalada en la isla, se da cuenta de que existe, de que tiene licencia para vivir inmersa en una naturaleza esplendorosa.

La soledad del lugar provoca que poco a poco se acerque al oso y, con el paso de los días, va tejiendo con el animal una relación sensorial, afectiva, íntima y sexual. Amores prohibidos, bestialismo. La protagonista hurga en todos los rincones de su conciencia para comprobar si se siente mal. Pero no, no siente haber roto las barreras del tabú. Solamente se sentía querida, sin depender dócilmente de los caprichos de un amante, de un hombre. Y así, gracias a su relación con el oso, se encuentra finalmente a sí misma, y cómoda en el mundo.

La autora escribe, sin eufemismos, con una prosa suave y a la vez elegante, una propuesta narrativa que conjuga con habilidad la vuelta y el amor a la naturaleza con pasajes intensamente eróticos, que en el fondo pretenden revelar lo que es el amor puro, sin dependencias, servidumbres o artificios, porque la relación de la protagonista con el oso es tan sexual como sentimental y, sobre todo, permite que la protagonista se autodescubra como persona.

La novela puede escandalizar, mas si algo debería provocar son reflexiones sobre dónde están los límites y sobre el porqué natural o cultural de los mismos, tal como ocurre, por ejemplo con el incesto que, según Levi-Strauss abre el paso de la naturaleza a la cultura.

Una de las grandes pegas críticas que se le podrían hacer a la novela es la posible antropologización del oso. Sin embargo, Marian Engel no lo hace. Con frecuencia el texto de la novela recuerda que se trata de un animal salvaje. Y la protagonista es enteramente consciente de su naturaleza animal. ¿Por qué surge en ella el amor y la atracción sexual, consumada en buena parte con el animal? La autora no tiene otras respuestas para este amor extravagante que no sea el hecho de la soledad afectiva de la protagonista y «el paisaje que, neutral y ajeno a ellos, gozaba de sus propios orgasmos de verano» (página 143).

Por Francisco Martínez Bouzas.

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