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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Bajos los efectos de la anestesia

«Larkin pertenece a esa estirpe de grandes escritores ingleses como James o Conrad, maestros en el manejo de la elipsis y el detalle. De ellos heredó la sutileza y la elegancia en el uso del lenguaje.»

La vida es aburrimiento primero, miedo después.
(Philip Larkin, Dockery e hijo)

En la reseña que Joyce Carol Oates escribió de este libro allá por 1976, dijo que este verso de Larkin podría ser el lema de Una chica en invierno, segunda y última novela del inglés. A Oates no le convencieron los personajes. Le parecieron demasiado vaporosos. Etéreos. Sin sangre… Siento llevarle la contraria a la eterna candidata al Nobel, pero donde Oates ve una flaqueza yo veo una acertada elección estética. A mi entender, en esta magnífica novela el contenido y la forma casan de forma prácticamente perfecta.

La novela está estructurada en tres partes, siendo la segunda mucho más larga en extensión que las otras dos. El grueso de la novela está dedicado a los recuerdos de la adolescencia de la protagonista, una bibliotecaria llamada Katherine Lind, que pasó un verano en Inglaterra en casa de los Fennel cuando tenía 16 años. Aquel verano está marcado por su relación con Robin, con el que mantenía una relación epistolar, y la hermana de éste. La historia de los jóvenes me ha recordado a algunas novelas de Ian McEwan, no tanto a Expiación, como se ha dicho, como a Chesil Beach, por las dificultades que tienen los protagonistas para conjugar su deseo. En la novela de Larkin, este verano quedaría atrapado, criogenizado, podríamos decir, en la nieve del invierno perpetuo que trajo la guerra. Aquel verano en Inglaterra, recuerda la bibliotecaria, fue la primera vez que se separaba de sus padres. La siguiente vez sería porque tuvo que exiliarse.

Larkin pertenece a esa estirpe de grandes escritores ingleses como James o Conrad, maestros en el manejo de la elipsis y el detalle. De ellos heredó la sutileza y la elegancia en el uso del lenguaje. En Una chica en invierno, el sexo se consuma entre líneas y, si uno permanece atento a los detalles, se dará cuenta de que la historia tiene más hondura de lo que parece. Especulando sobre el apellido de la protagonista, la poeta Carol Rumens sugirió en un artículo publicado en The Guardian que Katherine Lind podría ser una judía de origen alemán. Este detalle del apellido dotaría de un nuevo sentido al exilio de la protagonista y añadiría muchos matices a la odiosa polémica levantada por Andrew Motion en su biografía de Larkin. Como cuenta Íñigo F. Lomana en un artículo publicado recientemente en Buensalvaje, a partir de una figurita de Hitler encontrada entre las pertenencias del escritor (al parecer, era un regalo de su padre, simpatizante del régimen nazi), Motion trató de vincular la ideología del padre de Larkin con el universo poético del escritor. Es de suponer que si Rumens está en lo cierto y la heroína de Una chica en invierno es judía, habría que reevaluar la creencia de que Philip Larkin era antisemita.

Volviendo a la literatura, Oates concluyó su reseña diciendo que no le parecía sorprendente que el propio Larkin desistiera de escribir otra novela. Se ha especulado mucho sobre por qué Larkin dejó de escribir novelas para dedicarse a la poesía. Se ha dicho que fue la buena acogida de la primera novela de su amigo Kingsley Amis lo que le disuadió de seguir por el camino de la narrativa (sobre la amistad entre Larkin y Amis remito al lector a un artículo firmado por Patricio Pron que, entre otras cosas interesantes, cuenta que Amis se dirigía a su amigo como «Follador P. A. Larkin, residente en calle Sodomita 49, Chico Excremento (Adjunto Primer O.J.E.T.E.)». Vamos, nada que ver con la correspondencia que mantuvieron los recatados protagonistas en la novela de Larkin…). Tal vez, como sugiere Pron, el menor éxito comercial de Larkin en comparación con Amis se deba, en parte, a que se pasó la vida en una biblioteca de una ciudad de provincias, exactamente igual que Katherine Lind. La obra de Larkin parece inseparable de su vida, igual que ocurre con su narrativa y su obra poética. No veo una ruptura abrupta entre sus dos novelas y sus poemas. Creo que el universo poético de Larkin estaba ya presente en Jill, su primera novela (para algunos, una de las más deprimentes en lengua inglesa). Los personajes de Una chica en invierno, aunque jóvenes, son como los viejos tontos del poema: «Allí es donde viven:/ No aquí no ahora, sino donde todo ocurrió alguna vez./ Por eso es que tienen/ un aire de confusa ausencia, intentando estar allí/ aunque permaneciendo aquí». Y su entumecimiento parece el preludio de «esa anestesia de la que nadie vuelve en sí» del poema «Albada». Una anestesia de cuyos efectos Larkin parecía ser más consciente que el resto de los mortales… En definitiva, no hagan caso a Oates (al menos por esta vez). La novela de Larkin, como el resto de su obra, merece mucho la pena.

Por Rebeca Nieto.

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