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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Helada inglesa

«La prosa precisa de esta novela prorrumpe en imágenes como las citadas, lo que permite situarla en un estadio intermedio de la evolución del estilo de su autor: entre los ecos simbolistas (a lo Yeats) de su primer poemario y el apego a la crudeza de la vida y a la claridad narrativa de sus libros de madurez.»

En la página 154 de Una chica en invierno, escribe Philip Larkin: «Las cercas emitían un tañido de madera húmeda». Y en la 269 describe a su protagonista, Katherine Lind, tan rodeada de oscuridad «como si la noche le hubiese caído encima con todos sus escombros». La prosa precisa de esta novela, la segunda y última del poeta inglés, publicada en su país en 1947 y nunca, hasta ahora, traducida al castellano, prorrumpe en imágenes como las citadas, lo que permite situarla en un estadio intermedio de la evolución del estilo de su autor: entre los ecos simbolistas (a lo Yeats) de su primer poemario, El barco del norte (1945), y el posterior apego a la crudeza de la vida y a la claridad narrativa, ya bajo el magisterio de Hardy, que se palpa en sus tres libros de poemas de madurez: Un engaño menor (1955), Las bodas de Pentecostés (1964) y Ventanas altas (1974).

Larkin (1922-1985) había publicado en 1946 su primera novela, Jill, pero después de Una chica en invierno no consiguió terminar ninguna otra; de manera que puede afirmarse que el escritor empezó más como novelista que como poeta, pero también que fue gracias al novelista que el poeta encontró, como suele decirse, su verdadera voz. Y, tanto como la voz, el clima, porque los ambientes lúgubres y helados de su segunda novela resurgen después en muchos poemas, aunque la guerra ya hubiera terminado y la peripecia de su protagonista, ese hombre mezquino, descreído y colmado por la certeza de la muerte, ya no fuera la de la refugiada de guerra que intenta revivir un amor adolescente en medio de la grisura y la austeridad impuestas por el conflicto bélico.

El proyecto de Larkin era escribir una trilogía: personificación de la inocencia (Jill), pérdida de la inocencia (Una chica en invierno) y retorno a la vida tras la acumulación de decepciones. Sin embargo, algo le impidió llevar a buen término su plan. Quizá fue que no halló suficiente material válido para inspirarse, pero, dado lo mucho que puso de sí mismo en el personaje de Katherine Lind, sospecho que Larkin no pudo culminar la trilogía porque jamás logró sobreponerse a su conspicua amargura, y siendo un pesimista tan enemigo de la falsedad como de las recetas crédulas, fue incapaz de considerar seriamente la posibilidad de que el carácter tenga ocasión de reconstituirse tras el vapuleo al que lo somete la vida.

El argumento de Una chica en invierno es muy sencillo: Katherine Lind, una joven refugiada de guerra (probablemente una judía alemana; Larkin, que era hijo de un simpatizante del nazismo, no da demasiadas pistas) trabaja como asistente de biblioteca en una pequeña ciudad inglesa durante la II Guerra Mundial. (El mismo oficio, por cierto, de su creador.) Es su segunda estancia en el país, y su único afán es volver a trabar contacto con los Fennel, la familia inglesa en cuya casa de campo pasó unas vacaciones años antes de que estallara la contienda. Especialmente, ansía reunirse de nuevo con Robin, el hijo dilecto que ahora ha sido movilizado y está a punto de partir al frente.

Con estos escuetos mimbres, es grande la tentación de catalogar Una chica en invierno como una obra menor. El desdén que el propio Larkin sentía por la literatura omnicomprensiva y totalizadora –y, en consecuencia, por las vanguardias– avalaría esta hipótesis. Pero todo lo que la novela tiene de menor (pocos personajes y escenarios, acción escasa y condensada en unas horas, conflicto emocional de lo más común) lo tiene por depuración, concisión y economía de medios, no porque lo que cuenta –la suspensión de las esperanzas, el tristísimo carpe diem de un tiempo de guerra– carezca de interés, no conmueva o no alcance sus objetivos.

De hecho, tanto en las partes primera y tercera, en las que vemos a Katherine trabajar en la biblioteca, acompañar a una colega enferma a su casa y tener su encuentro con Robin, como en la segunda, un flashback donde se narra la estancia vacacional en casa de los Fennel, Larkin ofrece varios retratos muy penetrantes del «carácter inglés», que él tan bien conocía, antes y después de sumirse en el marasmo vital de una sociedad profundamente deprimida por la guerra. Así, el de Robin, galante pero ambiguo –y en la tercera parte, en cambio, asustadizo y egoísta–; el de su hermana Jane, inconformista pero cobarde, y el del señor Anstey, el director de la biblioteca, en el que el escritor vuelca todo su desprecio por el arribismo y la pretenciosidad de los mediocres y los envidiosos, aunque sin incurrir en la mordacidad de sus obras posteriores.

Aparte de los retratos (por encima de todos los cuales se erige siempre el de Katherine, generosa e inteligente, la única que se vislumbra con ánimo para superar las adversidades; el germen, pues, de la abortada tercera novela), están la prosa misma y el narrador: ni limitado ni del todo omnisciente, sino plenamente ajustado a las necesidades de un relato que requiere tanta distancia como calidez, y que la brillante traducción de Marcelo Cohen, que ya había vertido a nuestra lengua Jill y Ventanas altas, traslada a la perfección.

La prosa, decía antes, también pesa, y quizá sea su plástica y dúctil funcionalidad, su condición de instrumento no al servicio de, sino creador de, el valor más señalado de la novela; pues se trata de la novela de un poeta, y de uno al que en esos años no importunaba la irrupción de una sinestesia como la que se cita en las primeras líneas de esta reseña. Así es, también, como creo que hay que leer el breve y hermoso primer capítulo del libro y la coda del que lo cierra, con esas referencias a la nieve vista como receptáculo acogedor –no como tumba– para quienes aún pueden permitirse el lujo de soñar. ¿Proceden esos dos exquisitos tramos de prosa de una temprana lectura de Los muertos? Sydney Larkin dio a conocer a su hijo la obra de Joyce, Eliot y Pound, los tres nombres más relevantes del modernism, vanguardia que, como todas las demás, el poeta (en teoría) detestaba. Es la duda que me queda.

Por Luis Muñiz.

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