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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Hombres y máquinas

No soy un lector habitual de ciencia ficción, pero me gustan mucho los libros del escritor polaco Stanislaw Lem, especialmente Solaris, novela sobre la que Andrei Tarkovski hizo una magistral película que he visto diez veces.

Solaris es la historia de un astronauta que viaja a una estación espacial soviética que orbita sobre un misterioso planeta que tiene la virtualidad de hacer realidad los sueños. Allí el recién llegado se encuentra con la esposa que se ha suicidado hace varios años. No es un fantasma sino una mujer a la que puede tocar y amar.

Digamos que Lem describe Solaris como un planeta inteligente que interactúa con los seres humanos. Su superficie cambiante sintoniza con los estados de ánimo de los habitantes de la estación espacial, que prefieren morir antes que volver a la Tierra.

La ficción de Lem plantea muchos interrogantes filosóficos y el primero de ellos es si hay formas de inteligencia superiores a las del hombre en un universo que no podemos conocer por sus inmensas dimensiones.

Solaris es un planeta pensante en el que el pasado y el futuro conviven alternativamente, dando saltos hacia atrás y hacia delante. Lo que no existe es el presente.

He recordado esta gran novela de Lem al leer que un grupo de científicos de EEUU ha logrado que los ordenadores aprendan a escribir caracteres personalizados como los del ser humano. En el futuro, los sistemas informáticos podrán pensar y desarrollar pautas de conducta propia como el HAL en Odisea espacial 2001, la película de Kubrick, que se rebela contra la tripulación que le va a desconectar.

Avanzando un poco más, el cine nos ofrece otra visión del futuro en Blade Runner, donde una nueva generación de robots, fabricados con materiales orgánicos, es una réplica exacta de los humanos, pero con mucho mayor vigor físico y capacidad mental. Para evitar que destruyan el orden establecido, los Nexus están dotados de un temporizador en el que está programado su final.

Todo ello nos lleva a plantearnos la hipótesis de que es posible que, tal vez dentro de más de 1.000 años, existan robots pensantes a los que se encomendarán muchas de las tareas que asumimos hoy las personas. Incluso el trabajo de elaborar y analizar la información.

No me parece imposible una futura era en la que este planeta albergue dos razas de origen humano: la de los seres biológicos vivos y mortales y la de los ordenadores inteligentes con capacidad para experimentar sentimientos y emociones. ¿Cuál será la diferencia intelectual entre ambas?

Algunos escritores de ciencia ficción han llegado a imaginar una guerra entre hombres y máquinas, pero me parece más probable un escenario de colaboración, un mundo donde esos seres artificiales tendrían los mismos derechos y deberes que los humanos.

Esa reflexión me conduce al inicio de esta columna: si es posible la existencia de una inteligencia cósmica, producto de las leyes de la física, con una suprema comprensión de todo lo que ocurre. Algo así como la Razón que toma conciencia de sí misma, en términos de Hegel.

Las personas con creencias religiosas llamarían Dios a tal poder. Pero no quiero dar ese paso y lo que me pregunto es si el devenir del Universo podría crear esa inteligencia superior de forma puramente evolutiva, ese Solaris capaz de materializar los pensamientos. Lo único que lamento es que la vida sea demasiado corta para conocer la respuesta a este gran enigma.

Por Pedro G. Cuartango.

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