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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«Lucía en Londres», de E. F. Benson

Todos tenemos un cotilla dentro, más o menos desarrollado, pero siempre dispuesto a asomarse por la mirilla de la puerta o a espiar a los vecinos por la ventana (y con la luz apagada, por supuesto).

Nadie puede resistirse a un buen cotilleo: ¿sabes con quién está saliendo mi prima? ¿Sabes a quién le ha tocado la lotería? ¿Sabes a quién le han echado del trabajo porque estaba robando folios? Esta novela es un divertidísimo tributo a uno de los deportes más populares: el chismorreo. Y para eso, nos lleva a uno de esos pueblos pequeños donde todos se conocen, donde cada habitante tiene un papel (y una responsabilidad) y donde cualquier información relativa a cualquiera de ellos se convierte en una gran noticia. Lucía en Londres, publicada por Impedimenta –qué buen trabajo está haciendo esta editorial– nos devuelve a la aldea de Riseholme y nos permite reencontrarnos con la carismática Emmeline Lucas, también conocida como Lucía. Y para los que no la conozcan, nuestra protagonista es manipuladora y esnob, es estratega y egocéntrica, es lista y convenida, y sobre todo es el alma de este pueblo. Y tal es su poder que hasta tiene un club de fan, los Lucialófilos.

Si antes fueron Reina Lucía, La señorita Mapp y Mapp y Lucía –todos editados por la misma editorial–, ahora llega Lucía en Londres, la cuarta entrega de esa serie de seis novelas, escritas por Edward Federic Benson, uno de los escritores más populares y más irónicos del siglo pasado. Y antes de que os asustéis, todas las novelas pueden leer por separado porque funcionan a la perfección como historias independientes, y porque los personajes son tan potentes que se definen en sus actos. El argumento, a grandes rasgos, es el siguiente: tras recibir en herencia una casa en Londres, Lucía y su marido, Pepino, deciden mudarse a la ciudad para codearse con la flor y nata. El resto de vecinos, muertos de envidia, no dejan volvemos a Lucía, como los habitantes de Riseholme, a esa mujer que habla como una niña pequeña cuando quiere conseguir algo –quiero mimir, estoy canchadita,… –, que no duda en aprender a jugar al golf sólo para ridiculizar a una vecina, que incluso se atreve con el espiritismo, porque ésa es otra: hasta hay una pelea de espíritus.

Y no se le ven a la novelas las costuras, porque Benson hace reír casi sin proponérselo, valiéndose únicamente de unos personajes impredecibles y absolutamente adorables, a los que lleva a un estado de histeria ante el que es imposible resistirse. Y el lector, sólo puede carcajear, querer comprarse una casa en esta aldea. El estilo, además, es correctísimo; con una elegancia sobria y una capacidad descriptiva innegable. El autor hace una virtud de esa contradicción entre lo que se piensa y lo que se hace, y qué visión del mundo tan irónica. ¡Cómo consigue hablar de lo importante de la vida mostrándonos lo superficial, lo banal, lo tonto!

Lucía en Londres (y de vuelta a Riseholme) es lo más parecido a la risoterapia en literatura. Su autor consigue crear un universo sólido y disparatado, un delicioso retrato de la Inglaterra de mitad del siglo XX y un irresistible homenaje a los cotillas, sí, a ti y a mí. Impedimenta vuelve a darnos un caramelito, una serie de veladas agradabilísimas. No se crean que Benson recurre a lo fácil o a lo obvio sino que mantiene esa elegancia tan british, ese savoir faire que hace esta historia aún más efectista, más encantadora. Y ahora, arrodíllense y muéstrenle sus respetos a Lucía, porque es el persona que todos desearíamos tener de nuestro lado. ¡Que vayan preparando más impresos para entrar en el club de los lucialófilos. Y si no se han reído (a carcajadas), les debo una cerveza. O dos.

PS: Y para los fans de Downton Abbey, ¿recuerdan a Violet, la condesa viuda de Graham? Pues la misma labia afilada tiene Lucía. Ay, Lucía.

Por Daniel Blanco.

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