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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«Una chica en invierno», de Philip Larkin

«De un material sencillo Larkin extrae, de un modo engañosamente simple, una historia sólida y repleta de matices, que se sumerge en la psicología de sus personajes y desde ahí los abre en canal para que sean explorados y descubiertos.»

Que los sentimientos más profundos pueden invocarse con las palabras más simples es algo que leer a Philip Larkin (1922-1985) siempre trae a la cabeza. La obra del escritor británico presentaba hasta hace poco, inexplicablemente, varias lagunas en su traducción al español, que han venido a paliar recientes publicaciones con esta Una chica en invierno en el mascarón de proa. A Larkin lo habíamos podido leer y disfrutar en la novela Jill o en All What Jazz, un rico compendio de sus opiniones sobre el jazz que incluía duras invectivas sobre tótems en apariencia indiscutibles. Una chica en invierno es otra cosa. Porque en ella el autor vuelca un enorme talento para retratar el desarraigo, la tristeza y la melancolía a favor de una historia de las que permanecen en la memoria, con una protagonista de vida anodina en un contexto anodino a quien el lector se engancha contra pronóstico.

Katherine, una bibliotecaria que llegó a una ciudad de provincias inglesa como refugiada, soporta durante el periodo de la II Guerra Mundial una monótona existencia apoyada en la esperanza del posible reencuentro con el que fuera su primer amor, en el que deposita toda ilusión de abandonar su gris día a día. Es, esta novela, la historia de una espera y la historia, también, de una evocación de tiempos mejores. El tono es conciso, la persistencia de las imágenes intensa.

Una trama que, por cierto, debió resultar profética en algunos aspectos para el autor, que trabajó después en una biblioteca. La escribió cuando tan solo contaba 22 años, aunque fue publicada en 1947, y sería la última que completaría después de Jill (1946) antes de dedicar el grueso de su producción a la poesía, que le encumbró en la cúspide de los poetas británicos del pasado siglo.

José Angel Sanz

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