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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«La vida soñada de Rachel Waring», de Stephen Benatar

Rachel Waring es, sin duda, una de las voces narrativas más disparatadas, chocantes y controvertidas con las que me he topado en mucho tiempo.

Por muchos planes, metas y proyectos de futuro que uno trace, la vida siempre se abre paso a golpe de sorpresas. Una enfermedad, un accidente repentino, una trágica muerte… En el caso de Rachel Waring, protagonista de esta novela que el año pasado la editorial Impedimenta incorporó a su excelente catálogo, el acontecimiento que marca un punto de inflexión en su apacible (quizá demasiado) forma de vida es ni más ni menos que una herencia inesperada. Un buen día, Rachel se encuentra con la noticia de que una tía lejana le ha dejado en heredad una mansión georgiana en la ciudad de Bristol. Así que, ni corta ni perezosa, decide abandonar su lánguida existencia en la capital, dejando atrás un trabajo insatisfactorio y una compañera de piso que no comparte su entusiasmo por la vida, y se traslada a su nuevo hogar, cargando sus maletas con todo tipo de esperanzas, ambiciones y expectativas de triunfo.

Hasta aquí todo bien. La vida soñada de Rachel Waring parece una de esas típicas novelas británicas plagadas de costumbrismos, personajes entrañablemente excéntricos y mucho té con pastas. Sin embargo, Stephen Benatar es de todo menos tradicional. Su novela, rescatada de entre los muertos por un oportuno crítico estadounidense que la calificó como una de las mejores obras literarias inglesas producidas en la segunda mitad del siglo XX, ahonda de una forma original, atrevida y sobre todo descacharrante en temas como el ingenio, la creatividad y el carácter deformante de los sueños que uno se empeña en alcanzar.

«Todos estos encantos externos —dijo— y un corazón que rebosa poesía, dulzura y deleite.» Estaba maravillado por una combinación tan portentosa. «Mi Rachel, mi adorada, mi todo. Llevas flores frescas en el coño.» Se inclinó y las regó con sus lágrimas.

Rachel Waring es, sin duda, una de las voces narrativas más disparatadas, chocantes y controvertidas con las que me he topado en mucho tiempo. Encarnando la figura de eterna soltera, cuarentona, desesperada por saborear las mieles del amor a la manera pasional y desenfrenada que está acostumbrada a recrear en su cabeza, Rachel hace todo lo posible por encajar en esa nueva y prometedora coyuntura social que la herencia de su flamante mansión —sumada a una cuantiosa cantidad de libras— le abre ante sí. Toda ella es entusiasmo, vivacidad y optimismo, y así nos lo hace notar en cada momento. Sin embargo, sus planes incluyen aspectos tan poco ortodoxos como seducir al vicario local o embarcarse en un desenfrenado romance con un filántropo que lleva varios siglos muerto.

Es entonces cuando uno se da cuenta de que la euforia con la que Rachel se entrega a medrar social y profesionalmente posee ciertos rasgos enfermizos. Que los sueños, por desgracia, se han transformado en delirio. Aún así, resulta cuando menos fascinante adentrarse en la mente de la protagonista e intentar discernir qué parte de realidad se esconde tras sus fantasías, mientras al fondo uno percibe el lento pero firme avance de su proceso degenerativo. Las ficciones de Rachel van mucho más allá de sus simples aspiraciones literarias y constituyen un elemento ciertamente perturbador y desasosegante que incrementan su profundidad como personaje. A esto debemos añadir una caracterización sumamente vivaz, alocada y por momentos desbordante, plagada de observaciones tan divertidas como impertinentes, declamaciones continuas, salidas de tono, proposiciones descabelladas e intermitentes desconexiones con la realidad.

En efecto, el mundo interior de Rachel es mucho más exuberante, dinámico y repleto de posibilidades que su homólogo externo. No obstante, eso es algo —y ahí radica principalmente la gracia de la novela— que el lector va descubriendo poco a poco, degustando cada paso del procedimiento. Este ajetreo narrativo por el que nos conduce Stephen Benatar en La vida soñada de Rachel Waring pudiera resultar en determinados casos bastante confuso y frustrante si solo atendemos al verborreico flujo de conciencia de su protagonista. Pero, sabiendo distinguir la paja del grano, podemos encontrarnos ante una lectura muy entretenida y satisfactoria, una obra inusual, arriesgada y sorprendente que, a pesar de su contundente mensaje, nos invita a perseguir nuestros más arraigados anhelos… o dejarnos perseguir por ellos.

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