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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
¿Por qué leer «Un buen hijo» de Pascal Bruckner?

Se sabe, porque nos lo enseñó Tolstoi, que todas las familias infelices lo son cada una a su manera.

«Todos los padres llevan a sus hijos sobre los
hombros cuando estos son pequeños.
Una vez crecidos, los hijos cargan a su vez con sus padres.»
Pascal Bruckner

Aunque cabría preguntarse si existe alguna familia que no sea infeliz, pues, en cierta manera, todas ellas son una tragedia en sí mismas porque no hay hijo que no tenga algo que reprochar a sus progenitores. Especialmente turbulenta suele ser la relación entre padre e hijo y lo peor, lo terrible, de este conflicto es que suele, muy a menudo, transcurrir de forma silenciosa. Pascal Bruckner, conocido filósofo francés, rompe en Un buen hijo con este ¿inexistente? pacto de silencio y no duda en contar su tragedia.
¿Qué tiene de particular la relación entre el escritor y su padre? El patriarca del clan Bruckner es un hombre rico en vicios y defectos: antisemita, racista, maltratador, adúltero y, por si fuera poco, mediocre y cobarde.

«Una vez le pedí que me contara si había derramado sangre -se jactaba de haber ido a Dachau en varias ocasiones-. Me juró que no. ¿Me atreveré a confesarlo? Quedé decepcionado, habría preferido tener por padre a un auténtico torturador que a un pobre subalterno.»

Quizá no haya nada de interesante en dicho personaje, pero entonces, ¿por qué leer Un buen hijo? ¿Quizá para ser testigos de la enésima muerte del padre? Difícilmente, dado que Bruckner no pretende tanto acabar con la figura de su padre como con la suya propia, la del descendiente: la de aquel que arrastra consigo toda la historia familiar. Hay que leer «El buen hijo» no porque vayamos a encontrar el cadáver de un padre, sino porque en él encontraremos algo menos común: el cadáver de un hijo. Bruckner nos conduce a este cadáver a través de un ejercicio de alejamiento de uno mismo; en este caso, de aquello que el escritor podía y debía haber sido dadas las circunstancias.

«Nos alejamos de los nuestros para escapar de nuestros padres, pero sobre todo de nosotros mismos. Queremos huir para reconstruirnos de otro modo.»

Esta huida, este «poner entre paréntesis» a la familia, es una suerte de giro copernicano: la vida deja de girar alrededor de lo cercano (la familia) al sentir la atracción de lo que se encuentra alejado. En el caso de Bruckner aquello que lo atrae son los libros y su estudio.

«Los libros me han salvado. De la desesperación, de la estupidez, de la cobardía, del tedio. Los grandes textos nos izan por encima de nosotros mismos, nos ensanchan el alma hasta que alcanzamos las dimensiones de una república del espíritu.»

Encontramos aquí un segundo libro, que puede ser leído como una novela de formación en la que se es testigo del desarrollo intelectual del joven estudiante que, gracias a su desempeño en el campo de la filosofía y la literatura, consigue alzarse (social, cultural y económicamente) por encima de su padre y superar, así lo expone el autor, todo el trasfondo asociado a una historia familiar marcada por la derrota del año 40 (que condujo, por cierto, a toda una generación de franceses a sucumbir -y/o admirar- a la superioridad técnica alemana.)
Ya en el último tercio de Un buen hijo, tras la muerte y resurrección del hijo, arranca un tercer libro, quizá el mejor de todos, el más interesante. En él, Bruckner no sigue con su actividad de demolición, sino que emprende un acto de comprensión y perdón hacia un individuo que, en sus últimos años de vida y pese a estar débil y enfermo, se resiste a mostrarse amable:

«Solo torturamos bien a los que nos aman. Un día, con lucidez, mi padre me espetó:
—Ya puedes odiarme, no me importa, mi venganza es que te pareces a mí.»

Bruckner perdona y reduce al absurdo la conducta de su padre, ridiculizando así su postura; pues aquel que «soñaba con el dominio de la raza aria», aquel admirador de Pétain y defensor del régimen de Vichy acaba su vida, impotente, bajo los cuidados de una mujer africana y, para más inri, con una nieta judía.

¿Por qué leer, por tanto, Un buen hijo? Porque es un libro que contiene más de un libro (una tragedia familiar, una novela de formación,…), porque, pese a no contar una historia tierna y amable, está escrito sin ambages y porque en él asistiremos a la ascensión sobre sí mismo de un individuo que supo entender que el odio nunca es la respuesta:

«Solo tengo una certidumbre: mi padre me permitió pensar mejor pensando contra él. Yo soy su derrota: ese es el regalo más hermoso que me hizo.»

Juan Carlos Calderón

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