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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
El universo de Cărtărescu

«Cartarescu cala en las entrañas del propio acto literario, en el reverso de la letra escrita: la creencia frágil en la perdurabilidad del libro. El humanismo en el umbral de su extinción».

Convencido de pertenecer al país de la literatura, el magnífico escritor rumano Mircea Cartarescu afirma: «No tengo nada que representar a excepción de a mí mismo, de la patria de mis textos.

«Podría ser portugués, estonio o suizo. Podría ser hombre o mujer, griego o bárbaro. La textura de mis obras sería, naturalmente, diferente cada vez, pero su espíritu seguiría intacto».

Esta búsqueda de una geografía espiritual tan personal como arraigada en la lengua, la memoria, la cultura, la historia, y adscrita a una vitalidad de lucidez autoconsciente frente a los determinismos, hace de Cărtărescu uno de los escritores de mayor potencia intelectual en la literatura del presente en el planeta.

Candidato a recibir el Premio Nobel desde tiempo atrás, Cărtărescu ha publicado en lengua española en la editorial madrileña Impedimenta: Lulu (2011), Nostalgia (2012), Las bellas extranjeras (2013) y El ojo castaño de nuestro amor (2015), obra traducida por Marian Ochoa de Eribe, en la que surgen relatos magistrales que unen el testimonio autobiográfico y un tino inigualable para fundir la aptitud narrativa con el giro poético o irónico mediante metáforas, imágenes y ensambles de sabiduría condensados en frases deslumbrantes.

Poeta reconocido también, Cărtărescu, que nació en 1954, ha vivido los extremos del totalitarismo, el caos de la revolución antidictatorial, los lentos acomodos de la sociedad rumana y la certeza de ser, en consecuencia, un experto en mundos arruinados, que declara a su vez que su oficio consiste en ser un constructor o voyeur de ruinas. Explica: «no me preguntéis por lugares olvidados y abandonados en Europa. Incluso mi madre es un lugar así».

En El ojo castaño de nuestro amor, como en Las bellas extranjeras, recupera vivencias para reelaborarlas en tanto materia literaria: no sólo hay en ellas memoria, sino esa forma del recuerdo que se transfigura en conocimiento y en perspectivas oblicuas que recomponen el tiempo y llevan la reflexión a una esfera de amplitud inusitada que teje lo onírico y la vigilia en un mismo espesor.

Ya sea su recuento del ya imposible Bucarest de su niñez y juventud de calles laberínticas y construcciones como salidas de cuentos de hadas inmemoriales que se desmoronaban de antiguas, o el peso cultural de Publio Ovidio Nasón, quien «inventó la lengua de la infelicidad, esa de la que están escritos todos los libros verdaderos», Cărtărescu cala en las entrañas del propio acto literario, en el reverso de la letra escrita: la creencia frágil en la perdurabilidad del libro. El humanismo en el umbral de su extinción.

Perteneciente a una literatura que tiende a confundírsela con la etiqueta burda y equivocada de «centro-europea», la cual durante décadas se volvió hegemónica y un lugar común para ponderar a ciegas la cima exclusiva de lo valioso, Cartarescu aclara que él pertenece a la Europa suroriental: «Los escritores rumanos que consiguieron atravesar las barreras mentales entre Occidente y Oriente (confirmándolas, en cierto modo, de esa forma) demostraron ser estrellas de primera magnitud en el firmamento de la cultura europea: Tzara, Ionesco, Cioran. Pero muchos otros -algunos, con toda seguridad, mucho más valiosos- quedaron enredados en la dulce trampa de una lengua de una expresividad infinita, pero, precisamente por ello, intraducible: Urmuz, Arghezi, Blaga, unos simples desconocidos». Frente a las muchas Europas, Cărtărescu satiriza y reivindica la suya, la Europa que «tiene la forma de su cerebro», de la vida real y de los sueños, de la imaginación y los recuerdos.

Aparte de vindicar la poesía, como el «gato muerto» (un objeto al que nadie puede ponerle precio) de las sociedades de consumo y de hedonismo mediático, Cartarescu aboga por la literatura que armoniza la tradición y lo actual, los libros leídos en la niñez, la utopía del acto de leer y la capacidad de la literatura para recomponer las heridas que la realidad produce. Sus relatos sobre la pérdida de un hermano gemelo a los 5 años de edad, los amores pasados o la promesa son de antología.

A partir de la paradoja, la confesión íntima y la belleza de lo absurdo, Cărtărescu despliega su talento así: «La noche fatídica en la que comenzó todo, una jovencísima mujer hizo su entrada del brazo de un individuo cualquiera, en medio de un grupo alegre, en el local Vulpea Rosie en Selari. Era ciertamente gitana, tenía un rostro áspero, labios sensuales bastante masculinos y un cabello tan negro y brillante que resultaba evidente que se había puesto aceite de nuez a puñados. Llevaba un vestido verde claro, pendientes barrocos de lentejuelas y zapatos también con lentejuelas en las correas»… Mircea Cărtărescu o la gran literatura de los márgenes.

Sergio González Rodríguez

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