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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Usos y abusos del “escritor nacional”

Significativo debate literario en Francia a cuenta de la existencia o no de un grand écrivain national, un asunto redundante que, de vez en cuando, reaparece para cumplir la función de cubrir espacios muertos en los medios. Para bien o para mal, los fra…

Significativo debate literario en Francia a cuenta de la existencia o no de un grand écrivain national, un asunto redundante que, de vez en cuando, reaparece para cumplir la función de cubrir espacios muertos en los medios. Para bien o para mal, los franceses consideran que su literatura es una de las señas de identidad de su grandeur, quizás porque para ellos es, además de motivo de orgullo, uno de sus más acabados productos de exportación (como lo acreditan sus 15 premios Nobel). Esta vez el debate lo inició la revista Medium, que se preguntaba por qué Francia no tiene a su disposición, al contrario de otras naciones, un “escritor nacional” ampliamente aceptado cuyas obras representarían al país por la fuerza de su “estilo”, la influencia de sus ideas y la autoridad y magisterio del autor. El mensual Le Magazine Littéraire entró al trapo con tanto brío que le ha dedicado un editorial y un amplio dossier que ha culminado en una encuesta: en ella ha resultado elegido para el problemático cargo Victor Hugo, por delante de otros iconos de la francofonía como Molière, Zola, La Fontaine o Verne, y muy lejos de la primera mujer que aparece en la lista (Simone de Beauvoir). Como se sabe, lo del escritor “nacional” es un invento del romanticismo nacionalista, que necesitaba poblar sus respectivos panteones con figuras que “encarnasen” los valores y el “espíritu” de naciones que aún olían a nuevo; alguien indiscutido (e indiscutible) que fuera aceptado en todos los cánones. Alemania e Italia, que lograron su independencia y su unidad tardíamente, los encontraron respectivamente en Goethe y Dante. Y Gran Bretaña —la nación creada en 1707— en Shakespeare. España, la más añeja “nación de naciones”, lo tendría —con bastante menos consenso— en Cervantes: recuerdo, por ejemplo, que el penúltimo molt honorable dijo un 23 de abril que no podía identificarse con Cervantes porque no formaba parte de su cultura. Bueno, hay opiniones: Martí de Riquer y Francisco Rico, de los que me fío más que de Pujol, no han dejado de subrayar la “catalanidad” de El Quijote. Claro que eso no basta a quienes precisan de un panteón propio, de modo que, a menos que resultaran ciertas las peregrinas tesis del profesor Jordi Bilbeny —según las cuales Cervantes habría sido en realidad Joan Miquel Servent, y su libro, El Quixot, escrito originalmente en catalán, habría sido censurado por la Inquisición y, luego, traducido al castellano—, el “conjunto de los españoles” (como dice Rajoy) no tiene todavía —ni falta que nos hace— un escritor que nos represente a todos. Por lo demás, esto del “escritor nacional” es un asunto que se presta al desbarre. Alguien tan habitualmente lúcido como Antoine Compagnon (del que, por cierto, Acantilado ha publicado su ya venerable El demonio de la teoría, un imprescindible ajuste de cuentas con los excesos teóricos posestructuralistas) lleva su chovinismo literario a afirmar que la literatura francesa ha producido a lo largo del tiempo tantos grandes escritores que “no se la puede resumir en uno solo, y esa es su grandeza”. Vaya por Dios. Ya ven, es como si Montesquieu, que afirmaba que los españoles solo teníamos “un libro bueno” (adivinen cuál), tuviera razón, y en nuestro pobladísimo canon “nacional” de cuatro lenguas no tuviéramos otros grandes autores y autoras que llevarnos a la boca. Conocerlos es quererlos.

Huesos

Mientras los coleccionistas de huesos escarban entre las conjeturables reliquias de Miguel de Cervantes en busca de réditos turísticos o electorales, llegan a las librerías algunas obras importantes que exploran diferentes aspectos de la vida, la obra y el contexto del autor de Los trabajos de Persiles y Segismunda (el frondoso árbol quijotesco veta a menudo el disfrute de su otra obra maestra). Destaco, por su interés y novedad de planteamientos, tres libros que se adelantan a las celebraciones del próximo cuatricentenario. Cervantes, la figura en el tapiz (Pasado y Presente), de Jorge García López, es un importante ensayo biográfico en el que se nos presenta al autor —cuya curiosidad intelectual y su atención a las nuevas alternativas estéticas de su tiempo quedan patentes— como figura clave de una reformulación del humanismo alejada de tópicos historiográficos. Jesús Pérez Magallón analiza en Cervantes, monumento de la nación: problemas de identidad y cultura (Cátedra) los mecanismos por los que nuestro autor (metonímicamente suplantado por su más famosa criatura) llegó a convertirse en símbolo de la identidad nacional. Por último, Cervantes y la corte de Felipe II (Polifemo), de Patricia Marín Cepeda, es un riguroso retrato intelectual de un grupo excepcional de escritores y amigos (entre los que se contaban, además de Cervantes, Lope de Vega, Góngora, Fray Luis de León, Fernández de Navarrete y otros) que en los años ochenta del Quinientos frecuentaban la corte y se agrupaban en torno al mecenazgo del exquisito aristócrata (y, luego, cardenal) Ascanio Colonna.

Ilustrados

Si están pensando en regalar un libro ilustrado excepcional, no dejen de echarle un vistazo a Animalium (Impedimenta), un “museo” gráfico de la inmensa variedad del reino animal “comisariado” por la ilustradora Katin Scott y la autora y editora Jenny Broom. Desde las esponjas a los mamíferos, una copiosa representación de la fauna que aún queda en este asendereado planeta desfila por las páginas de este auténtico crossover, que es como en la jerga libresca globalizada se designa a los libros pensados para todas las edades (25 euros). Si lo que les gusta son los cuentos tradicionales, les recuerdo al inagotable Hans Christian Andersen: les recomiendo los Cuentos de hadas (27,90 euros) que ha publicado Libros del Zorro Rojo (traducción de Enrique Bernárdez) con dibujos de Harry Clarke (1889-1931), uno de los grandes ilustradores del movimiento Arts and Crafts. Como singular homenaje (oblicuo) a Andersen, destaco la versión que de su lacrimógeno (y terrible) cuento La sirenita ha compuesto la académica Carme Riera: Lumen ha publicado el original y la reescritura (una sirenita a la que se le ha dotado de una voz que se me antoja casi tan sarcástica y rebelde como la de Molly Bloom) en un bello álbum (22,90 euros) ilustrado por Helena Pérez García.

Miedos

En True Detective, la magnífica serie de Nic Pizzolatto que laSexta va a (re)estrenar próximamente en abierto, el atormentado detective Rust (Matthew McConaughey) y su poco metafísico colega Martin (Woody Harrelson) se enfrentan a una serie de macabros asesinatos vagamente relacionados con antiguos cultos mistéricos. Pizzolatto se inspiró para crear la atmósfera cada vez más opresiva de algunos episodios en la lectura de El rey de amarillo, un libro de cuentos de Robert W. Chambers publicado en 1895 que también influyó en Lovecraft y en el círculo de escritores de los mitos de Cthulhu. Con sentido de la oportunidad lo acaba de publicar Libros del Zorro Rojo en traducción de Marcial Souto y con ilustraciones de Santiago Caruso. Si les gusta (como a mí) pasar miedo literario (y, de paso, conjurar otros más cercanos), no se lo pierdan.

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