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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
La justificación del dolor / «Los tres Cristos de Ypsilanti» de Milton Rokeach

"Ante todo, no hagas daño"

Algo más de dos meses después de que el psicólogo estadounidense Milton Rokeach hubiese iniciado el tratamiento grupal de tres esquizofrénicos paranoides, los resultados eran (por decirlo suavemente) decepcionantes: el único cambio que se había producido en su sistema de creencias consistía en que uno de ellos ya no pensaba que Adán fuera negro.

Muy poco después, el mismo paciente iba a pasar a exigir que se lo llamase «Estiércol»; al igual que sus compañeros de terapia (todos ellos pacientes del Hospital Estatal de Ypsilanti, en Michigan), «Estiércol» se creía Jesucristo; la idea original de Rokeach al reunirlo con los otros dos «Cristos de Ypsilanti» había sido estudiar el modo en que se articula la identidad y, especialmente, qué sucede con ella cuando es cuestionada por otras personas; se trataba de «azuzar» a unos pacientes contra otros (la expresión es del autor) de manera de inducir un cambio en su sistema de creencias y una retracción del delirio: en términos de sus objetivos, el experimento fue desastroso.

«Ante todo, no hagas daño» es el lema médico por excelencia (así como el título de las muy interesantes memorias del neurocirujano británico Henry Marsh, publicadas recientemente por Salamandra); a lo largo de todo su libro, aquí y allá, Rokeach admite haberlo causado a sus pacientes de forma deliberada, por ejemplo manipulándolos mediante «mensajes supuestamente enviados por autoridades relevantes que sólo existían en la imaginación de los Cristos ilusorios» (15). En ese sentido, y aunque Los tres Cristos de Ypsilanti parece, de a ratos, una novela cómica, el lector no puede dudar del dolor real que sintieron sus protagonistas en buena medida debido a las manipulaciones de las que fueron objeto. Cuando uno de ellos, Leon/Estiércol, es llevado a creer que su esposa imaginaria, la «Señora Mujer Yeti», lo visitará en el hospital, y ésta no lo hace, podemos ver el dolor del paciente, que se pasa horas en la sala de su pabellón, rezando y observando en la palma de su mano un pase de salida que no le sirve para nada porque no puede pasear con su mujer, por ejemplo. Rokeach descubrió que, confrontados con una amenaza exterior a la unidad de su delirio, los pacientes psiquiátricos son notablemente hábiles para incorporar esa amenaza a su relato delirante, y que éste resiste cualquier intento de racionalización: para un esquizofrénico que se cree Dios, que haya otros que también lo creen sólo demuestra que los otros están locos, ya que Dios sólo hay uno y es él. Este descubrimiento parece poco relevante en relación al volumen de dolor provocado, pero el relato se lee con facilidad y tiene trazas de novela cómica, en buena medida debido a las conversaciones entre los tres protagonistas, que parecen insufladas de furor y temor beckettianos, por el latín chapucero de uno de los pacientes y la escatología de sus delirios (que lo hacen asimilar a Jesús con penes y testículos), el convencimiento de otro de ellos de que el hospital es un fuerte inglés y de que debe ser extraditado a Reino Unido y/o nombrado asesor del presidente John F. Kennedy, el arreglo al que llegan un día dos de ellos, por el cual uno pasa a ser el Dios del Antiguo Testamento y el otro el del Nuevo, como en una escena de los Monty Python, etcétera. Son estas trazas las que justifican, si no el dolor provocado por Rokeach a sus pacientes (que éste reconoce en un epílogo conmovedor), al menos sí la narración del experimento que le sirvió de marco y su lectura.

Patricio Pron

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