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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
El extraño cuarto de atrás de Mujercitas

Se publica Fruitlands, relato autobiográfico de Louisa May Alcott en una comuna trascendentalista del siglo XIX

Todo lo que se sabe sobre Mujercitas se ignora sobre la mujer que lo escribió, Louisa May Alcott. Especialmente porque aquella novela siempre ha estado relegada a la estantería de las obras femeninas y, por tanto, ha sido considerada un clásico de segunda. Cuando se han cumplido 150 años de su aparición, el pasado otoño, llega a las librerías Fruitlands (Impedimenta), un largo relato de ficción inspirado en un episodio de la infancia de la autora, cuando su padre, un iluminado filósofo amigo de Ralph Waldo Emerson y Henry David Thoreau, arrastró a la madre y a sus cuatro hijas a vivir en una comunidad utópica de veganos avant la lettre. El relato, viene acompañado por fragmentos del diario que Alcott llevó en aquel tiempo, y que ofrecen una reveladora luz sobre los entresijos de Mujercitas, no tan luminosos como se supone. Junto a esta novedad, acaba de rodarse la que será la octava versión cinematográfica de la película, firmada por la actriz y directora «indie» Greta Gerwig . Se estrenará, cómo no, en las próximas Navidades.

Hay una prueba del algodón que no suele fallar. Y es preguntarle a un hombre qué opina de Mujercitas y prepararse para ver cómo arruga la nariz y lanza la sentencia definitoria: «¿Esa cursilada?». ¿Lo sabe por experiencia? No, por supuesto, antes muerto que haber leído en la adolescencia algo así. El contrapunto es hacer lo mismo con una mujer —una que haya leído el libro, claro está-, y te hablará de lo que supuso para ella aquella historia sobre los sueños de una adolescente que no soñaba con casarse sino que disfrutaba educándose y leyendo -leyendo libros escritos por hombres e identificándose con ellos, por supuesto— mientras buscaba su propio camino personal y lo que es más importante, profesional, a través de la escritura. Y esta es una de las primeras veces y a nivel muy popular que las lectoras podían disfrutar del hecho de que ser mujer —aunque fuera a nivel doméstico y aunque se predicaran unos valores femeninos con los que Jo March, la protagonista, no acababa de identificarse— era algo apetecible. Ser mujer molaba y eso lo enseñó una novela publicada en 1868.

Años más tarde, Simone de Beauvoir, suma sacerdotisa del feminismo del siglo XX, escribía en sus memorias: «Brusca, angulosa, Jo trepaba, para leer, a las copas de los árboles… Yo compartía su horror por la costura y los cuidados de la casa, su amor por los libros. Escribía y para imitarla compuse dos o tres relatos». Y la cosa no se queda ahí, en el 150º aniversario de la novela que se cumplió el pasado otoño, Patti Smith, sí la punk Patti Smith, en el prólogo de la nueva edición de Lumen, escribió: «como innumerables jóvenes antes que yo, encontré un modelo en alguien que no se parecía a los demás, que poseía un alma revolucionaria y que también tenía sentido de la responsabilidad». Empezando por el nombre. Josephine, a quien llamaban Jo, fue para la cantante «un nombre que respiraba libertad».

Un relato vivo

Mujercitas fue un encargo de editor, una novela que debía exaltar los «valores femeninos» de la época. Pero Louisa May Alcott —experta hasta el momento en contar bajo seudónimo historias truculentas de «sangre y trueno»— decidió ofrecer además otra cosa, un relato vivo de las únicas chicas que le gustaban y a las que conocía de verdad, sus tres hermanas. Y aunque en las distintas continuaciones de aquel éxito incombustible —Aquellas mujercitas, Hombrecitos…— Alcott se plegó dócilmente a lo que le pedía el público, la primera entrega con su frescura genuina jamás perdió su condición de clásico, entendiendo por ello que un clásico es un texto que nunca acaba de decir lo que tiene que decir en los tiempos por venir. Solo eso explica cómo un libro así pasara de ser un relato para niñas buenas a una historia de iniciación y finalmente a un libro reivindicado por la crítica feminista . No en vano, el último ensayo sobre el tema de Anne Boyd Rioux, La historia de las mujercitas y por qué sigue siendo importante, explora esa vigencia: «El clásico de Alcott señaló el camino no solo del futuro de las niñas sino también de las relaciones futuras que podrían tener con los hombres y entre sí», escribe.

Un padre ausente

Pero volvamos a Fruitlands. Gracias a esa obra, que retrata en especial al padre de la autora, Amos Bronson Alcott, incapaz de mantener un trabajo fijo, marcado por la depresión psicológica, negado para la vida práctica, podemos darle una respuesta a una de las ausencias más notables de Mujercitas, la figura del padre. «Es importante ver —explica la editora Pilar Adón, responsable del posfacio de la obra— cómo en la comuna ella y sus hermanas eran las que trabajaban y sacaban adelante la familia mientras él y sus compañeros trascendentalistas se dedicaban exclusivamente al pensamiento». Para la adolescente Alcott, el contacto con Emerson supuso la posibilidad de entrar en la biblioteca del respetado filósofo y plantar la semilla de una educación atípica que años más tarde se concretaría en su militancia sufragista y de una forma más sibilina, en su obra maestra.

ELENA HEVIA

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