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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«Fruitlands» de Louisa May Alcott

Más que un libro, Fruitlands es una recopilación de materiales diversos, mucho mejor organizada que la comunidad sobre la que habla, y con la que comparte el nombre.

En la literatura, sí, suceden a menudo cosa harto predecibles, pero también, dejando acaso a un lado la política española, es el territorio en el que más sorpresas y curiosidades se producen. Nos llega ahora una pequeña parodia de las comunidades eco-naturistas por el sitio por el que menos podríamos esperar, que es por su mismo origen remoto, por sus primeras tentativas: esa pequeña distorsión fue escrita por Louisa May Alcott, la celebérrima autora de Mujercitas, que de niña pasó unos meses en el experimento pedagógico-social que dirigía su propio padre, el bienintencionado pero excesivo Amos Bronson Alcott, quien, más emersoniano que su amigo Emerson, era uno de esos hombres a los que su obsesión por encontrar la mejor forma de vivir les conduce a hacer la vida imposible a todos los que le rodean, y muy especialmente a su resignada familia (una familia formada, por cierto, por un matrimonio y sus cuatro hijas…).

Más que un libro, Fruitlands es una recopilación de materiales diversos, mucho mejor organizada que la comunidad sobre la que habla, y con la que comparte el nombre. El breve texto de Alcott, en el que recrea décadas después, y con nombres alterados, la fugaz experiencia trascendentalista (en ninguno de lo textos reunidos se utiliza la palabra “secta», pero básicamente se trataba de eso, tanto por el mismo planteamiento del asunto como por su discurso y su puesta en escena, o por supuesto por sus férreas e inflexibles normas), se ve enmarcado por dos paratextos: uno en el que Julia García Felipe esboza rápidamente la biografía de la autora, y un epílogo de veinte páginas en el que Pilar Adón se centra en contextualizar la experiencia de Fruitlands, sumergiéndose en esos años, en la filosofía que los impulsaba, en el entorno intelectual, político, económico y educativo en el que todo aquello se forjó. El texto de Alcott, muy sarcástico pero sin excesivo rencor, tratando de ser benévola y comprensiva (esto es, bastante sabia, heredera al final de lo mejor de la moral de sus mayores), se complementa además con los diarios que se han rescatado de aquellos meses, niña ella, y con dos cartas de su padre a la directora de The Dial, la revista que se erigió como el órgano del trascendentalismo. Todo ello reconstruye rápidamente un mundo estimulante y fracasado, donde se preguntaba (y hasta se escuchaba) a los niños, se prohibían los productos de origen animal, se abominaba del comercio, se rechazaba el dinero, se tendía al celibato, se trabajaba en la tierra sin la ayuda de las bestias y se hablaba de filosofía todas las mañanas, por obligación. Los paseos por la naturaleza, las abluciones y la lectura completaban un plan de vida en el que, como se temió el mismo Emerson, escéptico padre final de aquella deriva un tanto corrupta de su propio pensamiento, había mucho más corazón que cabeza, precisamente, tal vez, por sobrevalorar los frutos de la inteligencia, y, sobre todo, por exagerar la actitud de «Dios proveerá», muy por encima de la de «A Dios rogando y con el mazo dando», por así decirlo.

Este libro responde, pues, al ideal clásico del «multus in parvo», mucho en poco: narrativa de ficción, diario íntimo (infantil pero íntimo), reproducción de poemas y canciones, esbozo biográfico, ensayo, epistolario y hasta mapas en apenas cien páginas. Y, siendo tan fugaz cada bloque, ninguno pueda cansar al lector, más bien dejan todos ganas de más.

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