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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«Damas asesinas»

Instinto de librera

Los estereotipos marcan nuestra forma de percibir el mundo y condicionan la imagen que formamos de las cosas. Así, cuando pensamos en un asesino en serie nos viene a la cabeza un hombre desagradable, violento, con mala pinta. Sin embargo, si la asesina es una mujer, tenderemos a pensar en ella bien como una atractiva femme fatale, la mayor parte de las veces, o bien como adorable ancianita, del estilo de las protagonistas de Arsénico por compasión, en contadas ocasiones. Sin embargo, muchas de las mujeres que han pasado a la historia por su sangrienta afición no han sido ni una cosa ni la otra.

De eso habla Tori Telfer en Damas asesinas (Ed. Impedimenta, traducción de Alicia Frieyro): de mujeres que nadie hubiera esperado encontrar en una lista de «los más buscados» colgada en la pared de una comisaría de policía. Explica Telfer en su prólogo cómo se ha hipersexualizado la imagen de estas delincuentes para asociarse siempre a la de vampiresas sexys que podrían salir en un calendario Pirelli y que incluso hay estudios que se han preocupado de comprobar si las asesinas tenían «un atractivo por encima de la media». Creo que esto es algo que nunca se ha estudiado entre los asesinos va- rones. A lo largo de la historia se ha considerado que eso de matar en serie era cosa de hombres -como todo lo serio, claro- y que cuando las mujeres mataban era por razones pasionales, en defensa propia o como arrebato que tenía más que ver con las hormonas que con una planificación fría del crimen. Y eso que la mujer, desde que Eva mordió la manzana en el relato bíblico, ha simbolizado el mal y la tentación: es ella la que corrompe al hombre puro y lo lleva a cometer el pecado.

Tori Telfer ofrece en este libro catorce retratos de mujeres despiadadas que hicieron del crimen su forma de vida sin que pareciera -al menos, a ellas- una actividad delictiva: Erzsébet Báthory, la Condesa Sangrienta que inspirara a Alejandra Pizarnik su célebre obra; Darya Nikolayevna Saltykova, la torturadora rusa que mencionara Tolstói en el prólogo de Guerra y paz; Kate Bender, apodada ‘la rebanadora de pescuezos’; Alice Kyteler, coleccionista de maridos y acusada de brujería; los ‘Ángeles de la muerte’ de Nagyrév, las envenenadoras húngaras que actuaron durante veinte años… Todas ellas se asoman a las páginas de ‘Damas asesinas’ para romper los estereotipos y demostrarnos que —también en esto— podemos ser las mejores.

EVA COSCULLUELA

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