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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«A lo lejos», de Hernán Díaz – Factor Crítico.

La principal virtud que su hermano y el naturalista compartían era, sin duda alguna, la habilidad de darle sentido al mundo. (…) sin las teorías de su amigo, la pequeñez de Hakan se volvía tan vasta como el vacío que se extendía hasta él. ¿Qué somos sin los relatos, los que nos modelan, o empapelan la habitación de nuestra realidad cuando iniciamos nuestra andadura por la vida, o después, cuando nos percatamos de que esas presuntas certezas pueden ser arbitrios, las especulaciones con las que intentamos establecer coordenadas sobre la naturaleza de este trayecto, qué es, por qué y para qué estamos aquí, cuál es el fundamento si lo hay? La primera acción que se narra en A lo lejos (Impedimenta), del escritor argentino Hernán Díaz (1973), es el equivalente a un nacimiento, una figura que surge de un boquete en el hielo. Es y no es lo mismo, porque el hielo es su contorno y materia, no un cuerpo cálido. Pero define la travesía de la vida. Un espacio helado como si la realidad fuera un vacío congelado cuando se desnuda y se desprende de los ropajes de relatos y teorías especulativas.

Durante este siglo se han publicado magníficas novelas ubicadas en el territorio (genérico) del western: Butcher’s crossing, de John Williams, En busca de New Babylon, de Dominique Scali o Los hermanos Sisters, de Patrick De Witt. Pero aunque, vomo A lo lejos, también estén definidas, o impregnadas de, extrañeza, la novela de Díaz me evocaba, aún más, a ciertos singulares westerns cinematográficos de este siglo. Los westerns en los ochenta o noventa, mayormente, parecían réplicas pasteurizadas de los realizados en los cincuenta, o sesenta, westerns que parecían nacer de un icono o una convención, por eso imágenes higienizadas, sin pálpito de lo real, pero también carentes de complejidad abstracta, sin sabor de mito o arquetipo. Hubo alguna excepción, como Sin perdón (1992) de Clint Eastwood. Era tal excepción que se dijo que enterraba al género, como si ya no fuera posible aportar miradas singulares o complejas, que pudieran hacer sentir el barro, la intemperie, el temblor, y enfocar a la vivencia arquetípica, o cómo enfocamos el ejercicio de la violencia, con qué justificaciones y filtros, y por tanto el daño y la muerte, con qué inconsciencia o cómo se legitima. Estrujaba las vísceras del mito, pero no sólo de un género, sino de nuestras propias tinieblas, da igual en qué espacio o época. Su efecto se ha sedimentado lentamente, en cine y literatura. En el siglo XXI han surgido westerns que lograron desprenderse de la superficie de una vitrina icónica, y mordieron también en el mito, en el símbolo, caso de El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (2007), de Andrew Dominik, y comenzó a hacerse frecuente un tipo de western que no se parece a los de antes, ni intenta quedarse en la vana reproducción de convenciones, sino que más bien reconvierten el territorio o escenario del western como territorio o escenario mítico y arquetípico. Su abstracción colinda con lo alucinatorio, o la turbiedad onírica se combina con un sentido de la concreción que se asemeja a la raspadura y al desgarro. Como en A lo lejos, se sienten, se hacen palpables, las materias, los elementos.

A lo lejos podría convertirse en una de esos extraños viajes, como algunos de los seis relatos breves de La balada de Buster Scruggs, de los Hermanos Coen en concreto el magnífico episodio Meal ticket (Tarjeta de comida), centrado en las actuaciones de un actor ambulante que carece de brazos y piernas. En los seis relatos los personajes se confrontan con su muerte, o su posibilidad. O, desde otra perspectiva, al fracaso de sus propósitos, por azar o la intervención de otros. O incluso, por equívocos. No distante de la resolución de la cabalgada final de la nueva adaptación de Valor de ley (2010), también de los Hermanos Coen, que finalizaba con la frase de una ya adulta, y manca, Mattie (Hailee Steinfield): el tiempo se nos escapa. La joven Mattie se había esforzado en perseguir al hombre que había matado a su padre, y lo logró, pero el tiempo se fuga de modo inexorable, o más bien no deja de perseguirte hasta que te atrapa. Se pueden lograr propósitos puntuales, pero las pérdidas o las contrariedades son inherentes al trayecto. Puedes perder un brazo, como en cualquier momento dado perderás la vida, porque no puedes huir por siempre del tiempo. Los relatos nunca vencerán al tiempo. Hakan persigue lo que fue en un principio, lo que perdió cuando los relatos se convirtieron en espesura, intemperie, desértica o helada. Ahora que había experimentado la violencia de primera mano, Hakan comprendía que todos aquellos cuentos infantiles tenían que ser, por fuerza, producto de su imaginación.

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