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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Islas culturales, madres, dramas y tragedias (griegas)

Hay mucha insularidad en esto de lo cultural: escritores encerrados en su cuarto propio, librerías como frágiles asentamientos portuarios, lectores en busca del tesoro enterrado. Todos mirando a ver por dónde se acerca la próxima borrasca. Lo bonito sería reconocernos todos como archipiélago, uno de esos donde todavía no se ha extinguido la actividad volcánica.

Esa disociación entre la memoria y el mundo real –Ursula K. Le Guin diría “el tiempo-sueño y el tiempo-mundo”– es la base de La ciudad de cristal, de Paula Greenberg. Vemos a Charlotte Brontë. Está sola. Sus hermanos Anne, Branwell y Emily acaban de morir. Hace frío en los páramos de Yorkshire. Extiende una manta sobre el brezo y aparece un personaje elegante, vestido para una fiesta: es el comienzo de un paisaje entre real e imaginario, una manera de recrear los mundos imaginados y escritos por sus hermanos, de recordar cómo los juguetes de madera de la infancia se convirtieron en literatura. Como aquella Laura Wingfield de El zoo de cristal –la maravillosa obra de Tennesse Williams– la contemplación de la fragilidad y la pérdida hacen caminar a los protagonistas por el filo de la locura. Un gran cómic.

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