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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
La vida sin maquillaje, de Maryse Condé

Quienes vengan de leer las enternecedoras memorias de infancia y adolescencia de la narradora guadalupeña Maryse Condé (Pointe-à-Pitre, 1937) sin duda llegarán a las puertas de «La vida sin maquillaje» ansiosos por averiguar qué soles se esconden tras la esquina de la Rue Cujas. ¿Qué le depa­rará el futuro a esa rebelde niña prodigio, heredera de una alta dinastía antillana de «Supernegros», a quien vemos cruzar con paso firme la última calle de «Corazón que ríe, corazón que llora»?

La protagonista de esa postal parisina de los años cincuenta tiene toda la vida por delante. Contempla el horizonte como se miran los juguetes por estrenar. En La vida sin maquillaje, sin embargo, escuchamos el relato de una exploradora que es consciente de haber recorrido gran parte del viaje. Hace un alto en el camino. Una pausa para observarse desnuda, sacudirse el fardo de las mentiras piadosas y poder, acto se­guido, afrontar con mayor ligereza el penúltimo trecho de su travesía. La imagen que le devuelve el espejo contiene tantas luces como sombras. Y exactamente así, sin obviar ni un solo claroscuro, es como la comparte Maryse Condé.

El título resulta inequívoco. Nos encontramos ante un li­bro confesional, cuya intención manifiesta es la de narrar­se desde la intimidad de la verdad, por muy incómoda que pueda llegar a ser. Condé aspira a retratarse sin activar los tramposos engranajes que tienden a ponerse en marcha, de manera más o menos inconsciente, en las escrituras del yo. Acomete el ejercicio de pintarse sin recurrir a los adornos ni a los artificios típicos del discurso (auto)biográfico. Avi­so a navegantes: lo consigue. A La vida sin maquillaje no le sobra, en efecto, ni una flor. Ni un pétalo. El lector tiene en sus manos a un ser humano a la intemperie, en carne viva, contando y contándose las cicatrices con una crudeza y una lucidez sobrecogedoras.

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