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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Monjas y soldados

El Conde de Monjas y soldados es un ya-no-tan-joven hijo de exiliados polacos en Inglaterra, prototipo del personaje superficialmente cínico y descreído —un lugar común entre los protagonistas de las novelas de Iris Murdoch—, misógino en lo social y apátrida en lo político, pero al que la novelista sabe dotar de ciertas cualidades que despiertan la simpatía del lector; el matrimonio Openshaw: Guy, jefe del Conde en una oscura oficina de carácter oficial, con quien ha establecido una sincera relación de amistad, y Gertrude —atención a las reminiscencias shakesperianas del nombre—, una estúpida adolescente eterna, malcriada y egoísta, a la cual Murdoch no le ahorra las más venenosas invectivas mediante unas despiadadas descripciones, y de la que el Conde está secretamente enamorado; Anne Cavidge, una amiga íntima de la infancia de Gertrude, que aparece en la casa familiar después de colgar los hábitos de clausura tras quince años de reclusión conventual, personificación de la inocencia —pero también de la conspiración subterránea—, con Guy a punto de morir; y, finalmente, Tim, un pintor mediocre a quien Guy pagó, a escondidas, los estudios, y Daisy, una pintora con ínfulas de escritora, una pareja de artistas de convivencias intermitentes. A esta nómina puede reducirse la plantilla de protagonistas principales de Monjas y soldados (Nuns and Soldiers, 1980), una de las última novelas de la escritora y pensadora dublinesa

Como siempre, Murdoch completa un retrato magistral de los caracteres de sus protagonistas, como una actualización y modernización del gran creador de naturalezas de personajes de la literatura anglosajona, Henry James, aunque sin la neurótica contención del anglonorteamericano; todo ello, parejo a una conducción perfecta del ritmo narrativo, llevado con rienda corta y con un manejo de la tensión con mano de hierro, que acelera o frena a voluntad no tanto en dependencia de la acción como del efecto que desea crear, aunque su filo —sin olvidar unas estupendas incursiones en la parodia llevadas al extremo— no alcanza la capacidad de corte que consiguió en algunas de sus otras novelas.

Tal vez no se trata de una Murdoch en plena forma, como la inmediatamente anterior El mar, el mar (The Sea, the Sea, 1978) o la posterior de El libro y la hermandad (The Book and the Brotherhood, 1987), pero Murdoch es siempre mucha Murdoch.

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