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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
El cuerpo. Cegador II.

Hacía tiempo que no esperaba con tanta ansiedad la continuación de una saga literaria; si no recuerdo mal, la última vez que me encontré en esa situación fue durante el tiempo que transcurrió entre Fiebre y lanza y Baile y sueño, la primera y segunda parte de Tu rostro mañana, la extraordinaria trilogía de Javier Marías. Pero en el caso de El cuerpo, esa zozobra es, si cabe, más desasosegante todavía ya que los tres volúmenes ya están escritos, aunque en un idioma con el cual no tengo la menor oportunidad.

Hacía tiempo que no esperaba con tanta ansiedad la continuación de una saga literaria; si no recuerdo mal, la última vez que me encontré en esa situación fue durante el tiempo que transcurrió entre Fiebre y lanza y Baile y sueño, la primera y segunda parte de Tu rostro mañana, la extraordinaria trilogía de Javier Marías. Pero en el caso de El cuerpo, esa zozobra es, si cabe, más desasosegante todavía ya que los tres volúmenes ya están escritos, aunque en un idioma con el cual no tengo la menor oportunidad.

Mircea Cartarescu planteó el reto con El ala izquierda. Cegador I (Orbitor, Aripa stângă, 1996), un desafío literario de orden superior y una ardua prueba para el lector amateur, estupefacto ante la propuesta estética del rumano. Es posible —la volubilidad del lector amateur es un territorio en el que los conflictos de larga duración rara vez encuentran resistencia y en el que el endeble equilibrio entre esfuerzo y gratificación suele sucumbir ante la ausencia de recompensa inmediata— que la magnitud de ese reto desanimara a un buen número de lectores y que fueran enarboladas una buena cantidad de banderas blancas al primer asalto; por contra, los hubo que, tras resistir mediante una cerrada defensa las primeras acometidas, supieron encontrar el ritmo de respiración adecuado y hallar en el campo de minas planteado por Cartarescu la satisfacción del veredicto de combate nulo: Cegador no es para lectores valientes, es para lectores a los que no importa el resultado del combate.

Con toda seguridad, muy pocos de los primeros aceptarán el reto a una segunda refriega que tiene poco de revancha —aunque no es aconsejable esta rendición incondicional por incomparecencia antes de entrar en liza: Cegador no es una novela por entregas—; harán mal, pero esa es una reacción comprensible. Para los demás, los que bajamos del ring sonados y con la ceja abierta, la publicación de El cuerpo. Cegador II (Orbitor, Corpul, 2002) —y a la espera ya de la conclusión, El ala derecha. Cegador III (Orbitor, Aripa dreaptă, 2007)— es una de las mejores noticias literarias del año. De la variedad de epítetos con que puede calificarse la prosa de El cuerpo y, por extensión, de lo publicado hasta hoy de Cegador, me interesa especialmente su carácter adictivo, sobre todo por el efecto nocivo que provoca en el lector, imposibilitado, no obstante su plena conciencia, para sustraerse a su influjo: su naturaleza agonística es imposible de rehuir, igual de imposible que resistirse a su poder de atracción.

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