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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
La imaginación no es casual

No es casualidad que en ‘El evangelio según san Mateo’ de Pier Paolo Pasolini y en ‘Je vous salue’, Marie de Jean Luc Godard suenen exactamente las mismas piezas de ‘La pasión según san Mateo’ de Johann Sebastian Bach. Como no es tampoco casualidad que en ‘Solenoide’ y en ‘El cuerpo (Cegador, 2)’ aparezcan las mismos sillones de dentista. Las dos no casualidades construyen sentido, conforman un mundo que cae en el inconsciente como cala la lluvia a orillas del Cantábrico. Y es en la memoria del lector, haya leído obras anteriores o no de Mircea Cartarescu, donde los objetos entran en la imaginación espacial y se quedan anidando mientras dura la lectura, al menos.

Porque lo de menos es la realidad que no puede de dejar de ser gris en los setenta del siglo XX en Bucarest. Lo de más es que el joven de ocho años, Mircea, más que lo que se ve, vislumbra una luminosa comedia donde las alas de mariposa, la metáfora con la que se define la trilogía de ‘Cegador’, las lleva la niña María. Y que cada uno vea el rasgo angelical donde desee. El cuadro de Herman que contiene el universo entero. O la madre de Mircea que teje alfombras cúbicas que albergan secretos de estado. El asombroso hombre serpiente que encarna el alma de la antigua India. La Ámsterdam de cielos de colores im-posibles que en tierra alberga hombres estatua. Toda una hilera de puntadas fantásticas que convocan en el lector los mundos que leyó en Borges o Kafka. Traídos de forma suave y melódica, como toda su obra anterior, por el trabajo meticuloso, explicativo y seductor de la prosa con la que reescribe la novela su traductora, Marian Ochoa de Eribe.

Porque estamos ante uno de esos textos inolvidables en sus mundos imaginarios que no se ven sobresaltados por alteraciones de ritmo. Ritmo que con toda la intención y atención del mundo –aquí sí, real–, imprime Cartarescu a sus líneas porque son escritas a ma-no. Como dice explícitamente, al ritmo que marca la bolita metálica del bolígrafo. Esa que no permite ir más rápido de la cuenta y que narra a velocidad más adecuada para libro tan nutritivo que conviene que no se puedan formar grumos.

Y es difícil que en semejan-te aventura narrativa no se generen. Sin embargo, el rumano va narrando con cadencia desde su cabeza con la simplicidad que podría contar un cuento oralmente sin saber en qué punto girar o dónde poner el punto final. Y eso que sin entrar en las tediosas y odiosas comparaciones, el capítulo final, por su fuerza, ritmo y capacidad de deslumbre, puede evocar el que cierra el ‘Ulises’ de Joyce.
Cartarescu vuelve a contar-nos a ritmo de nana y con la densidad de un intenso amor por los mundos creados lo que casi nadie podría albergar. Es en esa creación de realidad entre líneas de la realidad gris oficial, donde se produce la magia de la lectura, el lector comprende que hay muchas más formas de acercarse a los objetos. De forma que ya nunca más verá un sillón de dentista como antes ni pensará que Rumania fue un país don-de los niños no podían soñar.

Con lucidez, eso sí, la que dan frases como las que siguen. «Lo último que puedes entender, incluso aunque seas una criatura de luz y sueño, es el dolor. Al entender el dolor, lo entiendes todo. Pero nuestro cerebro no siente el dolor. Es como un ojo cerrado en una caja de hueso, como una per-la escondida en una ostra». Así, a base de golpes inesperados se desarrolla el texto, mezcla de alucinaciones y de personajes que pueden desdoblarse para captar la atención y no dejar de seguir siendo ellos mismos. Es lo que tiene la subversión cuando no tiene riendas que la sujeten. Y Cartarescu no las necesita.

Porque aún narrando en tiempos distintos y escenarios cambiantes, todo tiene el perfume de estar sucediendo en el mismo instante en que el lector lo lee. Como si la voz narrativa te dejase en un ángulo de la estancia imaginada por la narración y no se necesitasen ni subtítulos ni codas al margen. Y eso que las no-tas de la traductora abren el apetito por conocer más de la cultura rumana. El esfuerzo del autor en forma de trilogía y con nombre ‘Cegador’ tiene por finalidad mostrar los mundos posibles que se pue-den crear sin desviarse de la fiabilidad. Aquí, en ‘El cuerpo’, parte central de la trilogía, está la esencia de ese niño que ya piensa y capta lo que le va a suceder en el mundo adulto y anda lleno del miedo por la represión del régimen pero que no permite bajo ningún concepto que la imaginación deje de alimentar su cabeza.

Recurriendo a colores, estancias sin dimensión concreta o preguntándose que será de la tercera y cuarta dimensión, el tiempo, si solo existiese el mundo plano de la foto-grafía. Instantáneas visiones que golpean al lector, conozca ya el mundo que, como la madre de Mircea, teje Cartarescu.

Mundos independientes llenos de sentido, aunque no se toque, porque al crear esos espacios está transitando por la literatura que no se queda en la foto fija, la que solo contempla un par de dimensiones. Dos es poco para Cartarescu, por eso ya se espera con ganas la tercera parte de la trilogía. Gracias a la escritura de Mircea y la capacidad asombrosa de reescribir sus novelas de Marian al volcarlas al castellano. Mircea y Marian. Cartarescu y Ochoa. Otro binomio fantástico, con permiso del escritor italiano Gianni Rodari. No es casualidad.

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