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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«Almas y cuerpos» (1980), de David Lodge: las chicas (y los chicos) del calendario

Debo confesar que la lectura de Un hombre con atributos (2011), publicada el año pasado por el sello Impedimenta, me dejó un tanto descolocado y, a la par, intrigado. A la conclusión de la misma no parecía dar crédito que su autor, David Lodge (n. 1935), abordara una suerte de biografía sobre H(erbert) G(eorge) Wells (1886-1946) centrado en aspectos que competen a su sexualidad, ya bien sea dentro o fuera del matrimonio, sin menoscabo a detallar cuestiones relativas a su prolífica obra literaria. Por ello, al conocer a principios de este 2020, que pasará a los anales por «paralizar» al mundo verbigracia de un virus (bautizado con el nombre COVID-19) —como si se tratara de un relato de fantaciencia servido por el ingenuo de H. G. Wells— de la publicación por parte de la misma editorial de otra novela cortesía de David Lodge decidí de inmediato emprender su lectura.

A pesar que la distancia temporal entre ambas piezas literarias es considerable —casi treinta años—, Lodge ya deja constancia en How Far Can You Go? una cierta comodidad a la hora de recrear esos espacios de intimidad, en que la sexualidad adopta prismas muy distintos. Por regla general, Impedimenta respeta el título original de cada una de las obras que jalonan su primoroso catálogo, pero la expresión en interrogativa formulada en el título de la cuarta de las novelas de Lodge ha sido modificado (creo que con buen criterio) por el título Almas y cuerpos, quizás teniendo en mente el escueto título de Hijos y amantes, de D. H. Lawrence, un autor al que se hace referencia en el presente libro sobre todo en relación a una de sus piezas más controvertidas, Los amantes de Lady Chaterley. Ésta deviene una de las «balizas» —léase piezas literarias (además de una de las Opus magna de Lawrence, relatos de Graham Greene), obras cinematográficas (La ronde de Max Ohüls o el clásico del cine erótico Garganta profunda) o grupos musicales (los Beatles)—que coloca Lodge de manera estratégica en las páginas del libro de cara a ir tejiendo un relato de fuerte calado sociológico que sirve de telón de fondo a la hora de reseguir las vidas de Polly, Dennis, Ruth, Angela, Adrian, Violet y Miles. Estos son los «cuerpos» de un relato que parte de un tronco común —una educación religiosa afín a la doctrina católica, a imagen y semejanza de la que había conocido en primera persona el propio Lodge en su Inglaterra natal— y que va adoptando «almas» disímiles con el curso de los años. Tantas «almas» como personajes principales recorren una pieza literaria en la que Lodge exhibe una caligrafía precisa y, a la par, elegante, que encuentra en el pasaje presto a describir la tragedia que asola al matrimonio formado por Angela y Dennis, uno de esos instantes en que el corazón del lector tiende a encogerse. Un episodio localizado una vez superado el ecuador del libro que puede coger al lector con la guardia baja, dejando al descubierto una tragedia familiar con ribetes de melodrama. Esa misma guardia baja que valdría para definir el estado en que Dennis se encontraba cuando tuvo conocimiento que su hija Nicole padece el síndrome de Down —en aquellos años sesenta se la conocía por el término «mongolismo»— y su reacción al corto plazo es la de alejamiento y culpabilidad. Presumiblemente, la historia de Angela y Dennis hubiese valido para ser el eje de una novela con tintes folletinescos, en que uno de sus episodios finales razona sobre la infidelidad y la posterior reconciliación de la pareja, pero Lodge prefirió armar una historia coral que explora en los sentimientos más recónditos del alma de un grupo de jóvenes que conviven con sus propias dudas, contradicciones en relación a una fe que les había sido impuesta desde temprana edad en aras a una tradición religiosa que tiene en el aborto uno de sus principales caballos de batalla. Así pues, en esa dicotomía entre las creencias religiosas y la necesidad de adaptación a los nuevos tiempos —la liberación sexual situada como uno de los elementos que vertebran la realidad sociológica de los años sesenta— discurre esta pieza literaria manufactura con conocimiento de causa por parte de su autor, a quien le aguardaba en el amanecer de los años ochenta un horizonte profesional surtido de novelas en que la fina línea que separa lo real de la ficción deviene en su caso más aún si cabe imperceptible. A la espera de regresar pronto sobre su obra rescato, al vuelo, algún que otro párrafo de Almas y cuerpos con carga de profundidad: «No tiene nada de raro que los sacerdotes quieran casarse, ¿verdad? En los viejos tiempos, por lo menos creían que iban a ir al cielo antes que los demás, que pasarían menos tiempo en el purgatorio. Renunciaban a los placeres de este mundo para obtener una recompensa en el siguiente. Dios les ponía una medalla en el pecho. Ese era el sistema que usaban para fomentar las vocaciones religiosas en el colegio. Ahora que todo se considera mitología, los sacerdotes deben de preguntarse a cambio de qué han renunciado al sexo». En virtud de lo desvelado desde que apareciera en el mercado editorial la cuarta novela de Lodge, siguiendo el dictado de su título original, ¿cuán lejos han ido una parte significativa de los representantes del clero a la hora de dar rienda suelta a sus deseos carnales? Una cuestión, la de la pederastria, que podría ser abordada en una hipotética segunda parte de Almas y cuerpos que transcurriera entre el periodo de Juan Pablo I y el de Papa Francisco al frente de la curia vaticana.

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