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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
El runrún

Las ciudades siguen perdidas como unos zapatos viejos sin dueño. Su horma resulta incómoda, y más en un paisaje deshumanizado. Todos los autobuses parecen nocturnos, sin un alma dentro, mientras los conductores avanzan con su bozal profiláctico hacia la nada. La sirena de las ambulancias nos conecta con el terror infantil, imaginamos un dolor intubado. En Madrid llevamos trece días de encierro tan sólo interrumpido gracias a la santa perra, los huevos frescos o el paracetamol. Los viandantes intercambian miradas escuetas, desoladas. Y ellas no están.

“A usted le gustan mucho las viejas”, me dijo un día Peque, intelectualizada peluquera de 81 años que nos dobla en actividad y perspicacia a la mayoría de mortales. Acepté que desde hacía un tiempo observaba a las mujeres mayores con atención, acaso proyectándome en ellas, en la voluntad que delata su lápiz de labios y su pelo blando igual que algodón de azúcar. Me abstraigo cuando abren sus monederos, siempre tan cuidados, y extraen las monedas una a una con sus dedos huesudos, sonriéndose ante su torpeza, y atiendo a su hablar despacio al dar los buenos días o al despedirse. Pero, sobre todo, me admira su condición de abuelas, ese oficio impagable que se sustenta en la ternura y el reconocimiento medio mágico del vínculo entre los eslabones de una cadena.

“Sí, al principio son invisibles. Pasan a tu lado como sombras, picotean el aire, caminan con trote corto, arrastran los pies por el asfalto, se mueven con pasitos de ratón, empujan carritos…” escribe la imprescindible Dubravka Ugresic en Baba Yaga puso un huevo (Impedimenta), un retrato de esas ancianas que se “arrastran por el mundo como un ejército de ángeles envejecidos”. Recuerdo a mis queridas viejas, esas señoras que salían a la calle con esmero, habiendo aceptado la soledad de sus días de descafeinado con leche, los cajones con prendas que ya nunca se pondrán, y que ahora viven en una clausura plena de amenaza. En España, el 70% de los afectados por el coronavirus tiene más de 60 años.

¿Qué será de ellas, tan enteras, valiosas, repartidoras de afectos y zurcidoras de malos roces? ¿Y qué será de nuestro país sin sus mayores? Su valor social nunca ha sido debidamente reconocido, aun siendo manantiales de saber y empatía, también de experiencia que, como señaló Jean-Paul Sartre, “es mucho más que una defensa contra la muerte; es un derecho: el derecho de los ancianos”. Las escenas dantescas que se vivenen las residencias geriátricas son la imagen descarnada de un sistema disfuncional que ha abandonado a sus ángeles.

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