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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
La semilla de las brujas

A Dubravka Ugresic no le gustan los folcloristas. Y sus motivos tiene: vio con sus propios ojos como aquellos “académicos infantiles”, como los llama, pasaron en Yugoslavia de cuchichear en sus congresos a poner su nacionalismo más o menos confesable al servicio del odio. Claro que en eso los folcloristas no fueron mucho peores que los soldados, los sacerdotes de todas las confesiones, los políticos y los poetas, ya que no hubo allí quien no añadiera su bidón de gasolina al incendio.

Un colosal homenaje a las brujas, las que aterrorizaban nuestros desvelos infantiles y las que fueron quemadas por las distintas inquisiciones que en el mundo han sido, aquellas a las que se atribuía la desaparición de los tiernos infantes en moradas fabricadas con chocolate y las poseedoras de remedios milagrosos, las que muchos decían haber visto volar sobre escobas recortadas sobre la luna llena y las que simplemente simbolizaban la rebeldía, la asertividad, la insubordinación.

No puede decirse, conluye Ugresic, que la Humanidad no haya puesto empeño en erradicarlas de la faz de la tierra. Pero siguen, ahí siguen, y tal vez nunca han tenido más fuerza, ni más respaldo social, ni más razón que la que tienen hoy. Baba Yaga, la bruja de patas de ave que hunde sus orígenes en la Antigüedad más remota, está más viva que nunca. Cuando este libro vio la luz, si no me equivoco en 2008, tal vez no estaba tan claro. Diez años después vimos llenarse las calles de medio mundo con pancartas como esta: “Somos las nietas de todas las brujas que nunca pudisteis quemar”.

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